EL RINCÓN
Dios y ayuda
CONSIDERADA la política como una de las ramas de la meteorología, nadie puede extrañarse de que un vendaval imprevisto cambie algunas cosas de sitio. Lo más importante de la jornada electoral ha sido que muchos no pudieron votar: los abstuvieron. La matanza de Madrid les dejó sin opción, pero lo más urgente ahora es ocuparse de los que se salvaron y de los que tienen que aprender a vivir sin las personas que justificaban su vida. Algunos psiquiatras creen que las secuelas anímicas remiten algo a partir de los seis meses, pero otros creen que no remiten nunca. «No hay olvido», dijo Luis Cernuda. Los creyentes no conciben que la bestial carnicería haya sido voluntad de Dios. Los ateos y los agnósticos están seguros de que ha sido voluntad de los hombres. Lo cierto es que unos y otros deben socorrer a las personas malheridas de ausencia. Necesitarán Dios y ayuda. Además de los 200 muertos, el 11-M ha originado muchos enfermos crónicos. Personas que padecerán durante el resto de sus vidas una serie de patologías, desde la asfixiante ansiedad hasta las depresiones alternativas. No es cierto eso de «el vivo al bollo». Naturalmente, por muy afligida que quede una criatura ante la pérdida, tiene que comer y tiene que procurar dormir y hasta se reirá algunas veces ante algo que le haga gracia. Somos transitorias aleaciones de compuestos. Física y química y enigma. Pero sé de personas a las que se les ha muerto un hijo que han continuado siempre con una querencia al hoyo donde está enterrado. En la masacre de Madrid ha muerto mucha gente joven, trabajadores y estudiantes. Puro pueblo. Y el pueblo dijo no a la guerra, que como se sabe es el tiempo donde los padres entierran a los hijos, en vez de cumplir el ciclo natural de las épocas pacíficas, cuando son los hijos los que entierran a los padres. Lo que sucede es que quizá estemos en guerra. La implicación de radicales islámicos es ya algo más que una sospecha. Que Alá nos coja confesados. Ahora ha sido España. Inglaterra espera. Lo que sea sonará.