EL RINCÓN
Los profetas del Pentágono
EL PRESIDENTE norteamericano, George Bush, tiene un buen sueldo, pe ro no gana para disgustos. Primero trató de convencer a todos de que el odioso régimen de Sadam Huseín representaba una amenaza planetaria, en vista de su acumulación de armas de destrucción masiva, y ahora trata de convencernos de que él no representa una amenaza para el mundo, a pesar de haber demostrado que en su país es donde se acumulan más armas destructivas al por mayor. Entre una cosa y otra ha transcurrido un año y han transcurrido 10.000 muertos. Una cifra redonda que, como todas, tendrá algún pico. Unos cientos de muertos por arriba o por abajo, a los que habrá que sumar los que se irán incorporando silenciosamente hasta que se logre la paz. Pues bien, eso, que es terrorífico, se queda en nada si se cumplen los vaticinios de los augures del Pentágono, que aseguran que el clima provocará una catástrofe mundial. La Tierra está padeciendo una continua pérdida de biodiversidad. Las mariposas, que son «las últimas consecuencias del aire», están en regresión. Ya abundan menos en los bosques que los enanitos de los cuentos y eso es un síntoma fatal. Su huida a nadie sabe dónde significa que aquí va a llegar un momento en el que no pueda vivir ni Dios. El cambio climático puede ser mucho peor que el cambio de régimen en Irak. Anuncian los profetas sentados del Pentágono que los efectos del calentamiento global provocarán guerras por el control del agua y de los recursos naturales. Un panorama horrible, aunque nunca haya que tomarse al pie de la letra lo que dicen de que el fin del mundo está al caer. En cualquier caso, el reproche mayor que quizá le haga la Historia a Bush no es que haya triturado Irak, sino que no le haya hecho caso a los acuerdos de Kioto. Mientras, Bush se entretiene presionando a Zapatero. Ya le ha mandado dos recados para que no se le ocurra retirar las tropas españolas. El último a través de Colin Powell, el negro que tenía la piel medio blanca. «Ahora no es el momento», ha dicho. Pero sí lo es. Un momento magnífico.