EN BLANCO
Aznar y las misses
SIN llegar al extremo de Bush, que bromea con las armas de destrucción masiva sobre los cadáveres de miles de inocentes y las ruinas de un país, pero bordeándolo, José María Aznar juega con el bienestar y la seguridad de nuestros soldados para darse la pueril satisfacción de fastidiar al nuevo presidente del Gobierno. Perdió las elecciones (su sucesor, su partido) por meternos en una guerra, por hacer de la confrontación entre los españoles el eje de su política y por pretender utilizar el azote del terrorismo en su beneficio electoral, pero si las elecciones del 14-M se repitieran hoy, es probable que los resultados le fueran más adversos todavía, a la vista de la ninguna grandeza y de la escasa caballerosidad que está exhibiendo en los momentos cruciales de la derrota. Saber ganar, como saber ser rico, es muy fácil, pero saber perder, como saber vivir con estrecheces, es otra cosa, y sobre esa otra cosa el presidente en funciones no parece saber nada. Imbuido hasta el final de un mesianismo sin fisuras donde no penetra ni la autocrítica ni el sentido común, convencido de que el pueblo español se ha equivocado al deplorar su política y de que esa equivocación conduce a España, la España que sólo él puede encarnar y representar correctamente, a la «tragedia», rehén hoy más que nunca de su estilo bronco, soberbio y marrullero, está convirtiendo el traspaso de poderes, cuyo automatismo ha de ser flexible y pacífico en cualquier democracia, en una reyerta permanente, en un territorio minado, en un sobresalto desagradable y continuo. Las misses derrotadas ladran, por emplear la brutal frase que el propio Aznar usó no hace mucho, su rencor por las esquinas. No perdonan a la que supo encandilar al jurado y van por las televisiones desacreditando y oscureciendo su triunfo. Aznar parece que lo mismo.