Diario de León
Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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CUESTA trabajo creer que esos hombres que matan a sus compañeras o a las que lo fueron alguna vez no exhibieran en el pasado actitudes premonitorias de su pulsión homicida. Cuando escuchamos decir, de boca de parientes o vecinos, que el asesino de una mujer parecía «una persona normal», algo se subleva en los territorios de la razón, bien porque ésta sospeche o sepa que el comportamiento anterior del asesino avisa de algún modo de la ejecución de su acto irreversible, bien porque tema que en nuestra sociedad se consideren normales conductas que no lo son. El trato irrespetuoso, el uso sistemático del alcohol para ahogar las frustraciones, los antecedentes familiares de violencia o maltrato, la rigidez (y, en consecuencia, la fragilidad) de los principios morales, el narcisismo, los celos compulsivos, el exacerbado sentimiento de posesión, el machismo extremo o, desde luego, larvadas dolencias psíquicas como ciertos complejos o como el sadismo, son características que perfectamente pueden adobar la personalidad del homicida pasional o doméstico desde mucho antes de perpetrar su crimen, desde, acaso, los remotos tiempos del cortejo previo al noviazgo. De ahí que, en tanto la sociedad exige a sus políticos y administradores que actúen con eficacia y recursos contra la plaga de ese maltrato, y en tanto la propia sociedad se educa y educa a las nuevas generaciones para erradicarlo en el futuro, sea tan importante la asunción por parte de las mujeres de una sencilla verdad que puede salvarles la vida. Ellas son las primeras y por desgracia a veces las únicas, garantes de su integridad moral y física. Por eso hay que pedirles que apuren la perspicacia y desconfíen de los chulos, de los valientes, de los borrachos, de los demasiado posesivos, de los criados en ambientes de violencia... Que desconfíen y, en la medida de lo posible, no les amen.

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