EN EL FILO
¿Alguien puede parar esa comisión?
SE NOS echa encima una semana clave, la semana central acaso de los trabajos de la comisión de investigación del 11-M. La Historia, cuando se escriba, será sin duda implacable con esta comisión, que nació muerta y ahora lo está demostrando. No se habla de otra cosa en las tertulias de las noches veraniegas madrileñas, en las fiestas a las que acude la clase política, que de la (mala) marcha de la comisión: «Pero ¿es que no puede pararla alguien?», comentaba, con gracia y con algo de sorna, un diputado del PP a finales de esta semana. Y es que lo cierto es que son los populares, que insistieron en ponerla en funcionamiento, quienes mayor varapalo moral se han llevado, hasta ahora. Hasta el punto de que han llegado a pensar en abandonarla, aludiendo a las «trabas a la investigación que pone el PSOE». Pero tampoco los socialistas están saliendo de rositas del lance y están comprobando, además, su soledad en lo relativo a medios de comunicación. Y, ¿qué me dicen de las Fuerzas de Seguridad del Estado? Da la impresión, a veces, de que todos los policías mienten, hacia un lado o hacia el otro. Y lo peor de todo es que no parece que la semana que entra vaya a ser mucho mejor, a no ser que se hayan cumplido los intentos de algunos populares y de algunos socialistas por llegar a un cierto acuerdo que «al menos, no nos destroce a todos y, total, para nada». Porque lo que se está haciendo, hasta ahora, es lanzar sospechas de mentiras y connivencias a derecha e izquierda, mientras que sobre la policía se teje un velo negro de conspiraciones, silencios y mentiras. Nada de ello corresponde a la realidad: está claro para todos, menos para la parte correspondiente de la comisión, que el PP no ocultó datos, aunque llevó la presunción de la autoría de ETA más allá de lo razonable, tratando sin duda de llegar hasta la jornada electoral con esta hipótesis, la más conveniente a sus expectativas de voto, abierta. Y pienso que está claro para todos, menos para la otra parte correspondiente de la comisión, que el PSOE no realizó maniobras subterráneas, aprovechando el atentado, para lograr un vuelco electoral, aunque sin duda se benefició indirectamente de lo ocurrido. Y debería estar claro para todos, excepto para la totalidad de los miembros de la comisión, que las Fuerzas de Seguridad investigaron con celeridad -de hecho, muchos de los autores están detenidos, por más que la instrucción sumarial parezca algo guadianesca e insegura-, aunque algún sindicalista policial telefonease, acaso, a algún político y periodista amigos. Y, sin embargo, cuando estas realidades parecen meridianamente claras en la calle, la comisión investigadora muestra ansias caníbales de los diputados de un grupo hacia otros, y de todos con respecto a los interrogados, que son miembros de la policía a quienes se trata como sospechosos ante un tercer grado. Algunos medios de comunicación ya han tomado partido y, leyendo según qué, parecería que se mantienen sesiones en dos comisiones distintas, donde se dicen cosas distintas. De nada sirve decir que no se buscan responsabilidades penales (ni políticas) en una comisión que teóricamente nació para aprobar resoluciones que hiciesen sentirse más segura a la ciudadanía. Nada de eso: se lanzan enormes sospechas que en ocasiones llegan a la desmesura. Se buscan 'vendettas' por unos y se busca dejar el pabellón del recuerdo bien alto, por los otros. Parece que en los ciudadanos no piensa nadie. ¿No sería más fácil admitir que en las primeras horas, con la confusión generada por la horrible masacre, reinó el desconcierto? Eso explicaría muchos titubeos policiales ante sus implacables señorías en la comisión, y también explicaría algunos patentes desaciertos de Ángel Acebes en sus conferencias de prensa (claro que el primer error fue salir a retransmitir las investigaciones policiales como si se tratase casi de un partido de futbol).