Diario de León
Francisco Muro de Íscar
León

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CADA VEZ que los obispos opinan, muchos medios de comunicación se escandalizan. Algunos dicen que eso de la religión es asunto privado, como si hubiera que ocultarlo. Otros preferirían que la Iglesia -cuando en España se habla de la Iglesia se habla de la Iglesia católica- callara. Y, por último, algunos más tratan de descalificar sus argumentos sobre la base de que están fuera de la realidad. Algo de eso pasa con el tema de los mal llamados matrimonio homosexuales, asunto nada anecdótico. Resulta que hay que evitar discriminaciones por razón de sexo, como manda la Constitución. Resulta que hay un mandato de los ciudadanos a los gobernantes. ¡Manda carallo! Si no fuera un asunto tan serio, tal vez fuera mejor tomarlo a guasa. Pero es demasiado lo que se juega. Si hablamos de hacer legal lo que es real, habría que legalizar la prostitución o la droga, por poner sólo dos ejemplos. Y si me permiten la broma, acabar con la discriminación en el deporte y que compitan juntos hombres y mujeres, por ejemplo, en los equipos de Primera División. Pero, en serio, posiblemente, ya que no se ha podido acabar del todo con el papel nuclear de la familia, lo que hay que hacer es acabar con el matrimonio metiendo dentro del mismo algo que, por esencia, es diferente. Desvalorizar la institución matrimonial es un camino seguro para cambiar la familia y la sociedad, para desvirtuarla. La homosexualidad es un fenómeno que puede ser criticado o alabado, pero que, en tanto no se convierta en un escándalo público -a veces lo es- debe ser tolerado. El Estado está obligado a legislar para que los ciudadanos puedan tener derechos básicos. Pero también está obligado a garantizar la estabilidad social. La esencia del matrimonio está en la procreación y una sociedad no puede construirse sin hijos. Convertir las uniones homosexuales en matrimonio es, además, una intencionada perversión del lenguaje que resta sentido a lo que esencialmente es.

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