Diario de León
Publicado por
MÁXIMO ÁLVAREZ RODRÍGUEZ
León

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NUESTRO querido don Julián Barrio, cura astorgano y en la actualidad Arzobispo de Santiago de Compostela, se ha convertido en noticia por su sermón ante el Rey y el presidente del Gobierno en la fiesta del Santo Patrono. Sus referencias al tema del matrimonio heterosexual, el único que ha existido siempre, dentro y fuera de la Iglesia, han provocado numerosas reacciones críticas. Conociendo a Don Julián, uno no puede menos que tomar a broma algunas de esas respuestas airadas. A parte de que Don Julián Barrio es la bondad y la prudencia personificadas, es un hombre muy listo, con una brillante trayectoria académica, y una vasta cultura, unido todo ello a la sencillez y humildad sin el menor atisbo de afectación. Por eso me da un poco de pena, más que de risa, oír o leer algunos comentarios de quienes no le llegan a la suela de los zapatos. La verdad es que las lecturas de la misa del 25 de julio no tienen desperdicio como base para un buen sermón, pero, eso sí, con consecuencias. Que le pregunten a don Santiago del Pino, profesor del Seminario, a quien recuerdo con gratitud, por el sermón que pronunció en su iglesia de Moratalaz un día del Patrón Santiago, defendiendo los derechos humanos, allá por el año 1974, que le valió unas vacaciones gratuitas en la cárcel de Carabanchel y una multa de 750.000 pesetas de las de entonces, que pagarían a escote sus feligreses. Pero, hablando de sermones, ¿cómo sería el que predicó el propio Apóstol Santiago, y que llegó a oídos del rey gay, Su Majestad Herodes?. La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, presenta el enfrentamiento de los Apóstoles con las autoridades, que querían a toda costa tapar la boca a los seguidores de Jesús: «¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ese?» Pero ni caso. Pedro y los Apóstoles replicaron: «Hay que obedecer a Dios antes que los hombres». La respuesta parece coherente y de sentido común, pero puso todavía más furiosas a las autoridades, y Herodes mandó degollar a Santiago. Seguro que quedó satisfecho, puesto que al fin había acabado con aquel insolente predicador. Pero ¿qué diría hoy el monarca si levantara la cabeza? Se desmayaría viendo el éxito que durante siglos ha tenido el Apóstol, produciendo uno de los movimientos religiosos y culturales más importantes de Europa y del mundo. El fracaso de Santiago sólo fue aparente. Ya San Pablo (segunda lectura) decía: «Nos aprietan por todos lados, pero no nos aplastan; estamos apurados, pero no desesperados; acosados, pero no abandonados; nos derriban, pero no nos rematan». De veras que al leer estas palabras me he sentido reconfortado. Uno es cura con la mejor buena voluntad del mundo y se esfuerza en ayudar a la gente en todos los sentidos, porque esa es la misión de la Iglesia. Sinceramente no entiendo ese desprecio, ese ataque constante, unas veces descarado y otras sibilino que está sufriendo en la actualidad la Iglesia Católica en España y en el que también participan algunos dirigentes políticos que, dicho sea de paso, tienen mucho que agradecer a los colegios de la Iglesia y seminarios por donde pasaron. ¿Se referiría ellos Jesús cuando decía, como recoge el Evangelio del día de Santiago: «Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo»?. Hay varias formas de tiranía: una es la típica dictadura no disimulada, rechazada por todos los que presumen de demócratas y otra la encubierta y solapada, con apariencias de legitimidad democrática. Por desgracia, para la mayoría de la gente, del sermón del Arzobispo de Santiago de Compostela sólo quedará, sacada de contexto, la referencia hecha al matrimonio heterosexual, como distinto de cualquier otra forma de unión, y no se habrán enterado de otras afirmaciones que son la base y el cimiento de su discurso. Destaco algunas de estas frases: - «La doctrina social de la Iglesia considera que el sistema democrático funciona únicamente en una conciencia rectamente formada y ésta enmudece si no está orientada conforme a los valores éticos y morales fundamentales de la dignidad de la persona que pueden ponerse en práctica incluso sin explícita profesión del cristianismo». - «La laicidad en su versión extrema se ha convertido en laicismo con la pretensión de marginar del espacio social la dimensión religiosa... Todo intento de reducir la laicidad a un espacio único no es más que una quimera irreal y contradictoria». - «La Iglesia puede siempre y en todo lugar predicar la fe con verdadera libertad y emitir un juicio moral también sobre las cosas que afectan al orden político cuando lo exigen los derechos fundamentales de las personas o la salvación de las almas». - «No es posible entender y servir de verdad a España sin tener en cuenta las raíces cristianas, clave para interpretar la riqueza cultural de nuestra historia, más allá de toda confrontación deshumanizadora». No sé si muchos oyentes o lectores, incluidos los más cualificados, tendrán capacidad para entenderte. En todo caso, amigo Julián, sucesor de los Apóstoles, enhorabuena, porque, sin que se cele Santiago, te has hecho realmente el merecedor del abrazo que ordinariamente se da al Santo. Al fin y al cabo has encarnado perfectamente su talante. Como Pedro has vuelto a decir que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres; y, como Santiago, te has arriesgado al degüello, si no físico, al menos moral. Con elegancia, sin perder la compostura y al mismo tiempo saltando las normas de una diplomacia farisaica, has sabido aprovechar la ocasión para decir la palabra oportuna en el momento oportuno. Lo triste es que muchos no alcanzan a entender su profundo significado o sacan de contexto tus palabras. Quiero terminar añadiendo un deseo a otro párrafo de tu discurso y desearía de corazón que nuestros gobernantes lo entendieran: - «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo, aunque están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres a través de una sana cooperación entre ambas» Ojalá lleguen nuestros gobernantes, libres de prejuicios, a comprender la verdadera importancia y necesidad de esta sana cooperación por el bien de la sociedad a la que han de servir.

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