EL MIRADOR
Tiembla la vieja guardia
NO SUELEN pasar inadvertidos Ruiz Gallardón o cualquiera de sus iniciativas. Estos días en que los ciudadanos que han disfrutado de algunas vacaciones empiezan a regresar a sus puestos habituales de trabajo, Ruiz Gallardón se anticipa y hace explícitos sus planes y proyectos en la dirección del PP, a la que accederá en el congreso del partido por deseo de Mariano Rajoy, sí, pero en medio de una desconfianza bastante explícita de otros de sus correligionarios. Las declaraciones de Gallardón no disiparán tales recelos, sino todo lo contrario. Y es que, si bien Rajoy se ha limitado a decir que pretende caminar «entre la renovación y la continuidad», sin embargo, Gallardón tiene las cosas mucho más claras y decididas, cuando proclama que «el PP no puede quedar anclado en la nostalgia y tiene que hacer una apuesta por los espacios moderados de pensamiento, por un pensamiento de centro, con actitudes que huyan de cualquier radicalismo. No podemos caer en ningún tipo de tentación conservadora». Dice también Gallardón que el PP, en esta nueva fase de oposición y de aspirante a recuperar el poder, tiene que buscar los espacios de encuentro con el Partido Socialista gobernante. «Y tenemos que prestar, ahora que estamos en la oposición, determinadas políticas de gestión para las que nosotros recabábamos el consenso». En resumidas cuentas, explica Gallardón que el PP que salga del congreso de octubre debe ser un partido que huya de la nostalgia y que se instale en dos criterios: uno, ganar las próximas elecciones generales, y otro, ejercer en esta legislatura una labor de oposición tan dura como leal. Como se observa, el silencio, o la ignorancia de propósitos, de Rajoy lo suple sobradamente la locuacidad y planificación de Gallardón. Sobre las reformas constitucionales que se avecinan, dice Gallardón que el PP tiene que tener un discurso muy claro y una vocación permanente. «Debemos demandar al PSOE que todo aquello que el legislador constituyente aprobó por consenso, sólo por consenso debe ser modificado. Tenemos que exigirle al partido socialista que cualquier revisión de la estructura territorial del estado se haga por consenso». ¿Está en esa línea la vieja guardia del partido -Acebes, Michavila, Zaplana, el propio Rajoy- la que Aznar predeterminó que le sucedería al frente del partido? Es harto dudoso. Salvo, acaso, Josep Piqué, que ha coincidido con Gallardón en otras declaraciones «de comienzo o anticipo de curso», al proclamar que «el partido tiene que renovar personas, mensajes y contenidos», y que «el PP debe reflexionar sobre por qué generó un rechazo tan heterogéneo. Debemos ganar el centro político. Sería un error ver a Rajoy como mero continuador de Aznar». No es aventurado decir que Gallardón y Piqué son dos «cuñas reformistas» que, con total certeza, chocarán con la vieja guardia que, en los últimos años, se instaló en la dirección del PP y que estaba convencida de que, como heredera de Aznar, continuaría sin problema alguno al frente del partido conservador. Hoy no está tan claro.