CON VIENTO FRESCO
Reflexiones viajeras
COMO MUCHOS españoles por estas fechas, he visitado la última semana Praga, la capital de Chequia. No teman, no pretendo cansarles con las superficiales impresiones de viaje, que a nadie interesan; ni deseo hacer literatura sobre una ciudad que, por cierto, tanto se presta a ello; pues a la belleza paisajística de una urbe que se extiende por las márgenes del Moldava, cruzado por una docena de espléndidos puentes, se añade el hecho de poder contemplar al aire libre un impresionante museo de estilos arquitectónicos. A unos le subyugan las enhiestas torres góticas con sus elevados pináculos; a otros les cautivan las fachadas y cúpulas de las iglesias barrocas; a todos nos seducen las calles y edificios modernistas tan elegantes y diversos. Esto puede leerse en cualquier guía, pero el viaje me suscita un par de reflexiones que sí pueden tener interés por su relación con la política de nuestro país. Tengo verdadera pasión por las viejas librerías de lance. En Praga uno las encuentra por todas partes. No recuerdo otra ciudad en la que abunden tanto y en la que los libros tengan todavía un precio asequible. He curioseado en media docena de ellas, incluso adquirí varios libros para mi biblioteca. Me llamó la atención que buena parte de los fondos, casi todos de finales del siglo XIX o principios del XX, estaban en alemán. En Chequia, nadie o muy pocos hablan alemán; no he visto libros en este idioma en las librerías de nuevo; en los hoteles, locales públicos y folletos turísticos las únicas lenguas son el checo, que es un idioma eslavo, y el inglés. Nada en alemán, como tampoco nada en español. Durante siglos -en los cuatrocientos años de dominio de los Habsburgo y antes-, hasta la independencia de Checoslovaquia en 1918, el checo convivió con el alemán, lengua oficial; escritores checos como Kafka escribieron su obra en este idioma, que era el del imperio austro-húngaro. Se decía incluso que el mejor alemán se hablaba en Bohemia, cuya capital es Praga. Desde el siglo XIX, los nacionalistas checos consiguieron, primero en 1880, que se reconociera oficialmente el bilinguismo; luego, tras la independencia, impusieron como único idioma el checo, pese a ser el alemán un idioma que les permitiría la comunicación con más cien millones de personas. Hoy, como he dicho, no se habla alemán; los libros en este idioma solo se venden en las librerías de lance. A buen entendedor...; pero por si alguno no lo ha entendido, le recuerdo que el fin de todo nacionalismo linguístico, como el catalán, el vasco o el gallego, no es conservar el bilinguismo existente, sino imponer su idioma, algo que lograrán al fín con el apoyo de ciertos partidos sedicentemente nacionales. Chequia ha sido durante siglos un país católico, por lo que cuenta con un patrimonio religioso impresionante, que es el mejor reclamo del turismo. Durante la dictadura comunista, la Iglesia vivió en condiciones muy duras; muchos templos y monasterios fueron expropiados, dándoles a los edificios otros usos. Con la caida del comunismo, la Iglesia se recupera, los templos son devueltos a las órdenes religiosas, que los restauran; he podido ver a mucha gente joven en la Misa del domingo. Chequia, como España, es un estado no confesional; la Iglesia vive de sus fieles, con alguna ayuda del Estado para restaurar su patrimonio. Una aportación importante viene del turismo, pues al contrario que en España, hay que pagar para poder ver muchas catedrales, iglesias y monasterios. Todavía no cobran las 500 coronas (2500 pesetas) que hay que abonar por ver, en el barrio judío, varias sinagogas y el célebre cementerio, pero todo se andará. Me pregunto que pasaría, ahora que el gobierno socialistas amenaza a la Iglesia con que debe autofinanciarse, si en España los turistas y peregrinos tuvieran que pagar por ver el patrimonio religioso. Sin duda, el turismo de algunas zonas no lo soportaría y muchos que viven de él se resentirían. Pero a eso se llegará si se cumplen tales amenazas.