Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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EL INSULTO siempre ha dado mucho de sí entre nosotros,  por la riqueza de nuestro diccionario tabernario. Hay países que no son tan proclives al improperio pero, en cambio, a poco que zarandees te irrumpe un asesino en serie. Nosotros somos proclives al animus insultandi. Al nene que dice palabrotas sus papás lo exhiben orgullosos en el parque, y todos reconocen que promete. Ahora bien, o el noble arte  ha entrado en decadencia de ingenio o uno se ha perdido algo.  Dicen los periódicos que a Maragall unos radicales independentistas le increparon: «¡Español, español!», con ánimo provocón y faltoso. Que yo sepa aún no es japonés. Le llamaron lo que es. Qué claustrofobia vivir en el cuerpo de un nacionalista radical, que estrechito se ha de estar allí dentro, qué calores. Quien esto escribe admite su propia procedencia: vengo de un estornudo cósmico, del charco del azar, del mono que dejó de serlo, de una señora sevillana... y a mucha honra. No niego la existencia de nacionalismos respetables en las formas y en los fines, aunque en los nuestros, en mayor o menor medida, prevalecen los  sentimientos de superioridad territorial y racial; en definitiva, el anhelo burgués por salir en los sellos. Con esos mimbres se componen himnos para comunidades de vecinos, pero la gran música es otra cosa.  Llamar español a Maragall es como llamarle Pasqual. Mi amigo Eufrasio nos pide ser llamado Ricardo o Pablín, y le digo con sorna: ni hablar,  todo lo más: Eufra. Pues eso... Maragall, español.  Es lo suyo, si Cataluña es España. Mañana, Dios dirá.

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