Diario de León
Publicado por
MIGUEL A. VARELA
León

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EN LAS pequeñas plazas de cualquier pueblo alemán suelen alzarse dos cruces con un puñado de nombres grabados y unas fechas cerradas por paréntesis al lado. La más antigua es el homenaje a las víctimas locales de la Primera Guerra y, al lado, otra que recuerda a los caídos en la Segunda. Jóvenes que murieron en torno a 1914 y a 1945. En la catedral de Edimburgo sorprende el gran número de placas con la misma tipología alfabética dedicadas a los combatientes caídos en guerras tan remotas y lejanas que hay que hacer un esfuerzo para situarlas en el ordenamiento histórico. Incluso en un parque cercano al castillo, un monolito recuerda a los escoceses de las Brigadas Internacionales que cayeron en los campos de Teruel por defender una República que consideraban suya. Son signos de la memoria con los que España ha sido mezquina y cicatera. En Mondoñedo, la dueña de un restaurante a la que le pregunté por el barrio judío, negó tajantemente que en ese pueblo hubiera existido alguna vez tal lugar. En Ponferrada hay quien duda o simplemente ignora que en algún momento no tan lejano se levantó al pie del puente de Osmundo una sinagoga. Ahora, en Villafranca del Bierzo, uno de esos lugares donde las novelas de García Márquez serían consideradas literatura costumbrista, se ha retirado el monolito dedicado al Comandante Manso. Lástima que las formas hayan enturbiado una decisión acertada: qué mejor ocasión para transformar el signo en homenaje a la memoria de las víctimas de una guerra que, algún día, alguien tendrá que hacer un esfuerzo para situar en la cronología de la historia.

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