TRIBUNA
Sin razón, sin curiosidad, sin creación
MIENTRAS Rusia derrama lágrimas amargas por la masacre ocurrida en la escuela de Beslán y nuestros pequeños en su primer día de clase guardan un minuto de silencio en memoria de sus lejanos compañeros, en Madrid, sin descartar el resto de España, aún supura la herida de las víctimas del 11-M y el huracán Iván abre la espita del pánico en Cuba, Méjico, EE.UU, Jamaica..., en el mundo moderno se escucha, apela, reflexiona y comenta de modo especial y con abundancia sobre el mal de alzhéimer. Y es que llega septiembre, como cada año, con su día veintiuno convocando atenciones, urgentes realidades y cumplimientos de promesas preteridas o desechadas en cajones de poderosos despachos de cara a tan lenta y traidora enfermedad, una de las más documentadas y paradójicamente con demasiadas incógnitas aún a estas alturas en que con cierta y alegre timidez se anuncia una cercana vacuna y existen nuevos fármacos conducentes a suavizar y enlentecer los síntomas de ésta, asociada, de ordinario, a una edad elevada, triste circunstancia si consideramos que con el paso de los años en el hombre aumenta la razón, la curiosidad y la creación. E, insisto, triste por cuanto en las personas que padecen alzhéimer tan rico patrimonio constituye una ausencia, un frío y negro adiós, un adiós sin acabamiento, un adiós abrazado a la eternidad, algo que golpea con crudeza el corazón de quienes aman a tan desventurados hijos de la ausencia, máxime si los han tenido cerca de sí, a su vera, en el día a día en su, en principio, largo y siempre cruel peregrinar hacia la muerte, los cuales son, por otra parte, como es obvio, los mejores testigos de tan terrible adiós . Dura, dramática la realidad de estos enfermos a los que se les borran los recuerdos, el lenguaje, la identidad de los demás y la suya propia, sin pasado, sin presente, sin futuro , con complicados cuadros clínicos; dura para ellos, sí, y dura, tal vez más, para las familias que asumen su cuidado, algo que sucede en el 95% de los casos, sobre todo si no cuentan con medios económicos para proporcionarse alguna ayuda, circunstancia explicadora de la existencia de movilizaciones para exigir los tan necesarios como útiles Centros de Día; dura, asimismo, porque a éstos, los últimos, cuidadores o no, un velo de temor permanente, cuando no una nube de terror cubre y asalta de modo permanente sus afanes, esperanzas y sueño, impidiendo, en muchas ocasiones, que los mismos se sometan a un diagnóstico precoz. Sí, es tal el miedo a padecer la incurable dolencia que tan aterradora posibilidad, en la mayoría de las ocasiones, provoca un rechazo de las pruebas conducentes al mencionado diagnóstico precoz, tan aconsejado por los profesionales de la salud. Y a propósito del tema médico, debe elogiarse la labo r de entregados profesionales en este campo donde desde hace algunos años se advierten interesantes hallazgos, conforme he anticipado al comienzo, los cuales, si bien no curan, mejoran la calidad de vida de dichos pacientes, mejora que podría convertirse en probable cura si se permitiese de una vez por todas el polémico uso terapéutico de células madre, beneficio que alcanzaría también a otros colectivos, tales aquellos que padecen parkinson, esclerosis múltiple o diabetes, por ejemplo, y que, en lo tocante a mi opinión, confieso sin rubor alguno ni reconcomio, que en ningún caso creo que Dios, dada su ilimitada bondad, generosidad y magnanimidad se ofenda por la puesta en práctica de sanadores intentos sobre sus criaturas heridas. Por último, debo consignar que no me quedaría tranquila si concluyese el presente artículo sin formular una larga y para mí inquietante pregunta: ¿qué ocurre con los anunciados bancos de cerebros para el estudio del alzhéimer?, ¿cuántos existen en nuestro país? , ¿dónde se ubican? , ¿por qué cuando alguien quiere donar el cerebro de su familiar no sólo no encuentra apoyos, vías o servicios que se lo faciliten sino tampoco la más elemental información al respecto? Créanme, me apena una enormidad que la buena disposición de muchas familias, entre las cuales me incluyo, no halle acogida en ninguna parte. Así pues, voto porque dicha situación cambie pronto, ya que no me cabe la menor duda de que el estudio de cerebros reales es decisivo para avanzar en el conocimiento de tan enigmática dolencia.