BURRO AMENAZADO
Castas médicas
DESCONOZCO si las médicas son castas. Que cada cual haga de sus hábitos sexuales lo que venga en gana y disfrute. Soy cliente de la Seguridad Social, institución que funciona y atiende de forma ejemplar. Con motivo de un dedo retorcido, de jugar de portero de balonmano, el doctor Linares -fenómeno del bisturí y jovial contador de chistes- me ha dejado nuevo. El paso por las consultas del hospital, permite conocer que, entre los médicos, hay castas, no tan estrictas y feroces como las de la India, donde los bramanes desdeñan a los parias, hez social, pero sí bastante consolidadas. Los cirujanos son más importantes que los médicos internistas: saben poco y resuelven mucho. El prestigio envuelve en aura al cirujano cardiotorácico, ser propenso al divismo que se enfrenta al corazón y la sangre circulante, víscera y tuberías cuyo remiendo supone mito, magia y milagros. El corazón, centro del hombre por raíz de pujanza vital, tiene técnicos hechiceros que reparan hasta el maligno infarto y la femoral que desangró a Paquirri. Otros de pata negra son los neurocirujanos, capaces de toquetear el cerebro, cuna de la inteligencia. Algunos colegas, envidiosillos del encumbramiento de los expertos en mejorar neuronas, afirman que estos señores antes se apodaban trepanadores, arte de hacer agujeros en el cráneo para descomprimir los sesos. La soldadesca entre los generales cirujanos la integran traumatólogos, meros mecánicos que trabajan como los chapistas y reparapiezas de un garaje, aquí con pacientes en vez de coches. El internista sabe mucho y resuelve poco. Da confianza cuando el paciente suspira y reclama: «que me vea un médico». Se asombran de las expectativas milagreras que desatan. Una enfermedad crónica -hipertensión, cáncer maligno, riñón que no filtra- no la resuelve nadie, afirman en privado. La casta rastrera corresponde a psiquiatras, ralea de sabios tipo Freud y Rojas Marcos que curan con la palabra, como los chamanes.