Diario de León
Ana Gaitero
León

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NI UNA fisura resquebrajó la puesta de largo de la Ley Integral contra la Violencia de Género en el Congreso de los Diputados. Ni una voz en contra. La clase política se retrató apiñada contra una lacra que empaña hasta borrar los nombres constitucionales como la igualdad, la libertad y la dignidad y que lo mismo golpea con saña que se cuela, sutil o grosera, por las trampillas de la amenaza solapada, el chantaje emocional o los micromachismos que se pasean a lo largo y a lo ancho de la vida cotidiana con total impunidad. Fue una lección, como dijo Soledad Murillo en León; pero falta el salto más importante, que la ley cale en la sociedad y que la sociedad condene y aisle al maltratador en lugar de propiciar, por activa o por pasiva, la autoinculpación de las mujeres y su aislamiento. Y eso ocurre, consta en los estudios, entre las ricas y las pobres, las que tienen estudios primarios y las universitarias, las limpiadoras y las ejecutivas. De fondo, un trágico telón de luto. El de dos mujeres, las últimas pero no las únicas, vejadas y asesinadas, también víctimas de la violencia de género. En la calle, en los pueblos donde nacieron y se criaron Aurora y Silvia, Toral de los Guzmanes y Noceda del Bierzo, se levantaba un clamor silencioso contra el doble crimen. A las víctimas se les puso rostro, sus jóvenes rostros recién uniformados en la Academia de Policía. Y al criminal, nombre, apellidos y un historial de cárcel y reincidencia. Un candidato a repetir sus crímenes sexuales, según los psicológos mediáticos, de quien nadie sospechó.

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