Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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AYER, en una tertulia radiofónica, saltó la mayor perfidia que se le puede hacer al presidente del PP: «lo que está pasando en ese partido, ¿pasaría con Aznar?» La respuesta de otro contertulio fue rotunda e inmediata: «No». Ésa es, en efecto, la sensación que se empieza a palpar en el corrosivo ambiente madrileño. Y quienes hacen ese discurso tienen una intención levemente perversa: recordar que Aznar dirigía el PP con mano de hierro; Rajoy es tan buena persona que permite asomos de indisciplina. Es un diagnóstico cierto. Sólo tiene un peligro para el señor Rajoy, que el señor Rajoy debe tener presente: de ahí a acusarle de debilidad de carácter sólo hay un paso. Quienes conocen al político gallego saben que es falso. Rajoy no es débil; es dúctil. Usa mano de hierro, pero con guante de seda. No utiliza la fuerza de la imposición, sino el cálculo inteligente. Lo que ocurre es que el PP, internamente, está acostumbrado a una dirección estalinista. El presidente o, en su defecto, el secretario general, decide todo, incluso los más insignificantes detalles. En la calle Génova no se mueve un papel sin la autorización del mando. Es la herencia del estilo Alvarez Cascos -no sólo de Aznar-, que por eso era llamado «General Secretario», en vez de Secretario General. Javier Arenas, astutamente, no quiso cambiar ese estilo, porque le garantizaba obediencia cómoda y segura, por no decir ciega. Pasar de eso a las declaraciones de Esperanza Aguirre, Cobo y Ruiz Gallardón es un cambio que desorienta incluso a los conserjes. ¿Y qué hace Rajoy ante esa explosión de libertad? Cualquier otro, en su lugar, y con el cargo recién estrenado, los hubiera llamado. Les hubiera pedido que hagan el favor de entenderse, que lo están dejando a los pies de los caballos. Rajoy, no. Rajoy no se deja impresionar por quienes le plantean la crisis de Madrid como la «gran prueba» que debe superar. Rajoy sabe distinguir el griterío de la esencia, y les aconseja que no dén el espectáculo ni hagan declaraciones de las que puedan arrepentirse. Rajoy sabe muy bien que un partido no se rompe porque haya contienda en un congreso regional. Se rompe o se deteriora en su imagen cuando se empiezan a escuchar acusaciones, frases intolerantes y palabras que rayan en el insulto. Ahí germina la semilla de la escisión. ¿Que hay dos listas? No es la situación soñada, pero eso es la democracia interna. Permitirán medir los apoyos de cada aspirante, más allá de los personalismos. Triunfará quien tiene apoyos de base, y se pondrá en su sitio a quien tiene los pies de barro. En cuanto al líder, el lenguaje de las urnas le quita a él el trabajo de depurar el partido. Y de forma impecablemente democrática.

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