Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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UNA de dos: o en el mundo están pasando más cosas raras que nunca o suceden las mismas de siempre, pero estamos mejor informados. Obispos católicos piden el voto para Bush, allá en Colorado. Soldados estadounidenses asaltan las mezquitas de Ramadi, en la ardorosa provincia de Al Ambar, Han destrozado muchas cosas los «marines», ya que los educan para eso, entre otras los libros sagrados. Todos lo son, incluso El Libro Gordo de Petete . ¿Por qué esa manía de cargarse los libros? Es lo primero que se hace en cualquier revolución o revuelta. Las turbas o las tropas quizá los destruyan para no correr el riesgo de leer alguno. Hay motivos para sospechar que del mismo modo que puede enloquecer una persona, hay momentos en la historia en los que pierden la razón las colectividades. Se abre una puerta lejana y todos aventados. Majaras perdidos, matándose mutuamente, como en nuestra guerra civil, que no fue nuestra, sino de quienes la hicieron. Ahora hemos querido clausurarla juntando en el desfile de la Fiesta Nacional a un veterano de la División Azul y a otro veterano, combatiente a favor de la República de la División Leclerc. En el palco los que peor se llevaron fueron Ruiz-Gallardón y Esperanza Aguirre, que combaten incruentamente en el mismo bando. De todos modos lo más extraño es la muerte de nueve japoneses, pactada en Internet. Un suicidio colectivo que hizo innecesaria la catana, utilísima para el descabello ventral. El haraquiri venía siendo una forma de suicidio ritual que se practicaba por razones de honor o por orden superior, pero no por Internet. Los jóvenes que decidieron quitarse la vida a la vez lo hicieron en dos vehículos y no derramaron ni una gota de su sangre, sin duda para no manchar la tapicería. La nueva modalidad del haraquiri es por inhalación de monóxido de carbono. Qué dirían los viejos emperadores si levantaran la cabeza. Se quitarían el birrete y usarían el abanico, pero en Japón nunca ha estado mal visto el suicidio. Se considera una solución. No la mejor de todas, pero sí la única que no permite el arrepentimiento.

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