Diario de León
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JOSÉ A. BALBOA DE PAZ
León

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«EN TIEMPOS del estaliniano Rakosi, los dirigentes húngaros decidieron cultivar naranjos en las orillas del lago Balatón. Aunque sus aguas atenúan la crudeza del clima continental y dan un aspecto un tanto meridional a sus orillas resguardadas de los vientos del Norte, no por ello dejan de verse expuestas a intensas heladas invernales. El agrónomo encargado de la empresa expuso con valentía que ésta era quimérica. Fue en balde. Intérprete del materialismo histórico, fiel expresión de la verdad científica, el partido no podía equivocarse. Se plantaron, pues, millares de árboles a base de divisas que escaseaban. Los árboles murieron. Por consiguiente, el agrónomo fue condenado por sabotaje. ¿No había mostrado su mala voluntad desde el principio, al criticar la decisión del buró político?». Con esta entrada tan crítica sobre la política irracional seguida por los países del este durante años, introduce Maurice Duverger su libro Los naranjos del lago Balatón , en el que reflexiona sobre lo muerto y lo vivo en la ciencia social de Marx; sobre la traición que de la obra de Marx hizo el comunismo soviético, el cual convirtió una doctrina que hablaba de libertad en una práctica totalitaria, en una dictadura asfixiante. El libro, publicado a comienzos de los ochenta, antes de la caída del muro de Berlín y del desmoronamiento de los países comunistas, pudiera parecer ya desfasado en su análisis sobre las distintas formas de socialismo (totalitario, reformista y tercera vía o eurocomunismo); pero creo que sus reflexiones sobre la posibilidad de un socialismo democrático lo hacen todavía interesante, porque algunos partidos parecen que miran más hacia el pasado que hacia el porvenir, y todavía no saben lo que significa el término democrático ni lo que supone el pluralismo de la sociedad actual. Esta semana, un grupo de dirigentes socialistas se reunió a orillas del lago Balatón, en cuyo perímetro de más de 250 kilómetros hay numerosos hoteles y balnearios. Dada la poca profundidad del lago, menos de tres metros, sus aguas se calientan hasta alcanzar los 25°, lo que lo convierte en una de las zonas más atractivas desde el punto de vista turístico de Hungría. La placidez del paisaje no fue un tónico suficiente para calmar los ánimos socialistas. Los reunidos trataban de analizar los retos del siglo XXI a que deben enfrentarse y sobre todo para hablar a cerca del nuevo orden internacional, el papel de la ONU, la hegemonía americana, el terrorismo. Al parecer no se pusieron de acuerdo porque las disputas entre Zapatero y Blair sobre la intervención en Irak los dividieron en dos grupos enfrentados. Irak es un problema que divide profundamente a los socialistas porque más allá del apoyo a los americanos, está la distinta valoración sobre el problema del terrorismo internacional y la ayuda que el extremismo islámico y ciertos países musulmanes, le están prestando. Pero no es la guerra de Irak lo que divide y distancia a Blair y a Rodríguez Zapatero, sino razones más profundas, que tienen que ver con sus distintas concepciones sobre el socialismo. Zapatero, por talante, mira al pasado, recuerda la guerra, los muertos, a su propio abuelo, y no olvida porque quiere rentabilizarlo políticamente. Habla de recuperar la memoria histórica pero sólo la suya, la de su bando, la otra hay que denostarla. Homenajea, con sus socios de Esquerra, a personajes que con su separatismo dividieron a los españoles, como Companys. Su socialismo es anticlerical, contrario a la familia y su visión de España es todavía la de la República. Parece como si a más de setenta años fuera verdad el dicho de Cambó, de que el socialismo español no tiene programas sino odios. Y no es verdad, en el PSOE hay mucha gente que defiende una España unida y solidaria, quiere mirar hacia adelante, porque entiende el socialismo como una ideología humanista, que nace del valor del hombre y de la persona, y que habla de libertad y de justicia. Por suerte, Zapatero no es todo el socialismo.

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