EN BLANCO
Cartas
MEZCLADA con los puñados de hojas mecidas por el viento cayó el otro día a mis pies, en plena calle, una carta ajena, fechada en el mes de mayo de 1962 y recubierta por una melancólica capa de polvo y tiempo. Dicen que la casualidad es la soberbia diosa que rige las reglas del juego humano, única explicación posible para la insólita aparición de semejante retazo de memoria dictado desde otro lugar y otra época. La carta se envió desde una ciudad alemana de nombre apenas identificable, aunque del remitente se pueden escuchar hasta los latidos del corazón. Se trata de uno de los miles de emigrantes que a comienzos de los años 60 dieron un valiente paso hacia la vida soñada, hartos de aquella España donde seguía funcionando el garrote estatal y la panorámica habitual aún se regía por el imperio de las 3 B: boina, botijo y bocata de chorizo. Como fuera de casa en ningún sitio, debió de pensar nuestro anónimo protagonista, así que marchó en busca del capitalismo de rostro humano que imperaba en la pujante Alemania, intentando conseguir su porción de la tarta de la felicidad. En apenas diez renglones habla de la dureza del trabajo, del mal tiempo que hace en una ciudad donde suele llover como para que Noe construyera otra arca. Puede percibirse, en fin, el alma dolorida y resignada de un hombre que iba haciendo acopio de sus días de vacaciones para regresar a casa por Navidad. Y una mano helada te estruja el corazón al sentir, cuatro décadas más tarde, que los ojos se le llenaban de estrellas cuando pensaba en España.