Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LAS TELEVISIONES descubrieron hace mucho que los monstruos son rentables. Quién va a invertir ya años de trabajo en una serie como Yo Claudio cuando por unos milloncejos, que se recuperan rápidamente en publicidad, tienes a la audiencia enganchada a la monstruosidad, inversión fiable y de beneficios garantizados, sin más complicación que llegar a un acuerdo económico con los monstruos, es decir, con los periodistas del corazón y con la jauría.  Una vez se ha creado la dependencia, porque aquí el huevo sí es anterior a la gallina, no hay más que suministrar la dosis de mañana, sobremesa, tarde, noche y madrugada. Monstruos rentables. Dinero. Money, money, que cantaban en Cabaret. Asombra ver a estos chicos de la prensa vomitiva esgrimiendo el derecho a la información, que para ellos se reduce a contarnos a quién se arrimó Jesulín en un ascensor. Que me perdonen, pero donde está la libertad de expresión en peligro es en el País Vasco. Nadie pretende que las cadenas se limiten a ofrecernos a todas horas documentales sobre la vida sexual de los insectos, pero ha de haber un término medio, con inclinación preferente hacia aquello que no degrade ni nos envilezca. Las posibilidades de un entretenimiento digno son casi infinitas. Sin embargo, la gran maquinaria ya no puede depender de las noticias reales, tiene que inventarlas, porque la degradación siempre necesita un triple mortal sobre sí misma.  Ya no se trata de un juego inocente, está teniendo un efecto pernicioso sobre nuestra sociedad. Monstruos rentables, ciudadanos sumisos.

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