Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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YO SOY aquel que, ayer no más, hablaba de las señoras de Bush y de Kerry, deseosas ambas de que sus respectivos maridos sean el primer mandatario de su vasta nación con la finalidad de ser, alguna de ellas, la primera dama. El resultado del combate electoral va a depender del dinero que le eche cada partido, que ya se sabe que con oro no hay nada que falle, aunque falle el candidato. Parece que en ese terreno bursátil es imbatible Bush, que ha gastado 44 millones de euros durante el pasado mes de septiembre, cerca del doble de lo que empleó el demócrata Kerry, que anda más cortito de dinero. Hay que tener en cuenta corriente que se trata de las presidenciales más caras de la historia de los Estados Unidos. ¿Cuántas cosas podían haberse hecho en beneficio de todos si se aplicara en hacerlas todo el dinero que se ha destinado a prometerlas? El coste de las campañas alcanza ya una cifra récord de 6.000 millones de euros. ¿De dónde salen? Cuando Josep Plá, disfrazado de palurdo ampurdanés, vio por primera vez las luces de Nueva York, hizo una pregunta: -¿Y esto quién lo paga? Creo que las elecciones americanas las pagan siempre unos señores desconocidos, que viven en un piso alto de un edificio diáfano de Walt Street, a los que no les gusta que les retraten. Unos señores, generalmente judíos y generalmente calvos, que jamás han concedido una entrevista y que no tienen sobre la mesa ningún papel. Por si fuera poco el apoyo económico que prestan al partido que más conviene a su interés, ahora quieren que les ayude Dios. Los hombres siempre han invocado al Sumo Hacedor para afiliarlo a su bando en todas las guerras, incluidas las guerras aritméticas electorales. Tanto Bush como Kerry, además de pronunciar discursos afirmando que aman muchísimo a su patria, visitan orfelinatos y besan a niños desnutridos, como exige el manual del buen candidato, pero además prodigan sus visitas a las iglesias. Necesitan a Dios para ponerlo de su parte. Y luego «Dios dirá, que siempre está callado».

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