EL RINCÓN
Hablar de más
CASI NADIE se arrepiente de haber pronunciado elocuentes silencios. Lo que pesan a veces son las palabras: la prueba es que hay que retirarlas. «Le exijo que retire esas palabras», suele decirse. Como si eso fuera fácil. Lo dicho se queda dicho y las palabras se quedan flotando en el aire, como los corchos en el agua de borrajas de las discusiones inútiles. El secretario de Organización del PSOE, José Blanco, Pepiño para los íntimos, se fue de la mui, también llamada mirlo, pico y chota, entre otros sinónimos de germanía. Acusó a parte de la Iglesia española de «defender posiciones casposas». Ha tenido que dar marcha atrás, vapuleado incluso por algunos de sus correligionarios. O sea, que se ha tragado sus propias palabras. Ahora sólo le falta comprobar si han constituido una dieta adecuada o le han provocado una urgente disentería. El restablecido cardenal Rouco Varela ha sido respaldado por Roma en sus críticas al Gobierno. No saben estos muchachos con quién se juegan los cuartos y no me refiero sólo a la ayuda económica. Recomendaba Napoleón que, si se quiere tener fama de triunfador, no es prudente entrar en ninguna batalla que no se esté seguro de ganar. Otro que quizá no tarde en comprender que hubiera estado mejor calladito es Rodríguez Ibarra. Su defensa de Rafael Vera le honra. Todos quisiéramos tener a un amigo como él, incluso los que nunca hemos robado y hacerlo no entra en nuestros proyectos más inmediatos, pero el asunto de los fondos reservados le ha hecho hablar con muy escasa reserva. «Que se metan el indulto por donde les quepa», le ha sugerido al ministro de Justicia y al resto del Gobierno. ¿Qué sabe él si están en disposición de hacerlo o tienen el conducto ocupado, atendiendo a peticiones anteriores? «Lengua sin manos, ¿cómo osas fablar?», se lee en el Poema del Mío Cid. Las palabras deben ser respaldadas y además mejor medidas. No sea que pensemos de nuestros políticos una de estas dos cosas: que están muy mal educados o que no están educados de ninguna manera.