EN BLANCO
La esperanza
DIRÍASE, leyendo los obituarios periodísticos de Yaser Arafat, que el Primer Mundo le exigió siempre, pero solo a él, una inequívoca naturaleza angélica. De ahí que, a su muerte, raro sea el analista que no insista en lo de los claroscuros de su acción política, aludiendo a su determinación de defender en su día con las armas el derecho a existir del pueblo palestino. Para que lo claro hubiera vencido absolutamente a los oscuro y hoy sus exequias fueran visitadas por innumerables jefes de Estado, Arafat debería haber sido Gandhi y sus paisanos palestinos una especie de mansos hindúes ávidos de ofrecer la otra mejilla. Pero cada pueblo tiene su historia, su carácter y su invasor. Arafat, en efecto, no fue Gandhi, no pudo serlo, pero acudió a la ONU portando simbólicamente un fusil en una mano y un olivo en la otra, con la oferta sincera, buena para todas las partes, de enterrar el arma, a cambio de un poco de justicia para su pueblo. Claroscuros, sí, pero más claros que, sin ir más lejos, Ariel Sharon, procesado en su día por las matanzas de Sabra y Shatila del Líbano, y hoy el más serio obstáculo para el entendimiento y paz para esa zona herida que supura sin remedio. En occidente recordaremos los claroscuros de Arafat, pero su pueblo recuerda los sustancial de su figura: él representaba la esperanza de recuperar la tierra, el propio destino, la dignidad nacional, algún día. Se lo oí, entre lágrimas a una mujer en Sidón: «¿Dónde está ahora la esperanza?», la esperanza del pueblo palestino, que es la esperanza de la paz, sigue secuestrada por aquellos que saben que no se puede sobrevivir sin ella.