Diario de León
Publicado por
MARÍA J. MUÑIZ
León

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EL DESCUIDERO no es eso que se nos olvida, ni, contra lo que pueda parecer, es el hermano pequeño ese que llega cuando la familia espera ya descendientes de segunda generación, y los padres están más bien en edad de abuelez. El descuidero no es ese lugar común en el que uno puede hacerse el sueco, ni la máquina del café donde practicar el escaqueo laboral. El descuidero resulta ser una persona cuyo perfil responde a un joven de menos de treinta años, que actúa los fines de semana y se lleva objetos de más de 30 euros. Es decir, el chorizo aficionado que los comercios integran en su cuenta de resultados bajo el eufemismo de «pérdida desconocida». Lo que más llama la atención no es que el descuidero sea normalmente una persona con posibles suficientes como para no incurrir en ilegalidades, ni siquiera que en uno de cada tres casos el que «descuida» la mercancía sea un empleado de la empresa; ni que los errores administrativos se contabilicen bajo este etéreo apartado en los libros dedicados a las ingenierías financieras. Tampoco sorprende, aunque la verdad es que debería, que las empresas pierdan 1.650 millones de euros al año en esta cadena de descuidos, a sumar a los 488 millones de euros que destinan a investigar nuevas etiquetas que permitan cazar al caco con las manos en la masa. Lo que me tiene maravillada, gratamente además, es que a este género humano en expansión se le haya dotado de nombre castellano: descuidero. En estas épocas de moobings y footings casi se agradece un toque castizo. Aunque sea para definir a un delincuente. Menos da una piedra.

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