Diario de León
Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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HASTA NO hace mucho a la violencia de género se la despachaba con un eufemismo un sí es o no es justificador: crimen pasional. Pero lo de violencia de género tampoco alcanza el bendito objetivo de llamar a las cosas por su nombre, pues no se refiere a la violencia de los hombres contra las mujeres, que por fortuna no se da con carácter epidémico y general (sí el de los seres humanos contra sí mismos), si no a la de un determinado delincuente varón contra su víctima, siendo esta, como todas las víctimas, la parte más débil, irremediablemente en este caso una mujer, aquella que el agresor considera, porque así se lo enseñó una educación infecta, de su propiedad, esto es, con él o muerta. La sociedad se juega mucho en conseguir atajar esa masacre, y de ahí que importe tanto cada detalle y cada elemento del plan de choque contra esa violencia disparada, incluido el nombre. Pero la discriminación positiva que la nueva ley establece viene a consagrar ese nombre errado de violencia de género, como si las demás violencias que se generan en el seno de una pareja de trato anómalo merecieran un rango inferior y, en consecuencia, menos punible. ¿Cómo llamar, entonces, a esa violencia o violencias en que se ven involucrados, cuando no son víctimas directas, los niños, actores que ni siquiera pueden huir, defenderse o denunciar? ¿Cómo referirnos a eso sin distorsionar su naturaleza profunda? Porque no es irrelevante el nombre de las cosas: las palabras crean realidad, la sola mención del vocablo mesa nos coloca delante una mesa. Ni crimen pasional ni violencia de género. Acaso crimen o violencia a secas.

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