EL RINCÓN
Buen Gobierno
SIEMPRE ha sido más difícil ser excelente que ser excelentísimo. (Quién lo probó lo sabe). Idéntica distancia hay entre los vocablos ilustre e ilustrísimo: abundan más los últimos. Pues bien, el anteproyecto del Código de Buen Gobierno que estudió con aprovechamiento el Consejo de Ministros ha acordado iniciar las rebajas. Le apea el tratamiento a todas las autoridades y altos cargos de la Administración central, incluidos los ministros, que a partir de ahora serán sólo señor o señora, lo que si bien se mira también puede resultar inapropiado en algunos casos. La verdad es que existen más altos cargos que personas de altura, pero esto ha ocurrido siempre y a muchas personas no le sentará nada bien esta oleada de modestia. Los tratamientos se fundan en vanidades y jerarquías, a veces legítimas, y a veces menos legítimas, pero vienen siendo una expresión de respeto. En cualquier caso, evitan el excesivo compadreo y la profusión de palmadas en la espalda. Su función es poner distancia, ya que hay gente que aunque no nos profese ningún cariño se muestra cariñosísima. Personas a las que no nos gustaría tratar han exigido siempre el tratamiento que les corresponde y quitárselo de pronto no sé si será una medida oportuna. Es lo único que tienen y se pueden quedar sin nada. Más difícil de sobrellevar van a ser otras normas que ahora exige el Código de Buen Gobierno, como la transparencia y la dedicación plena de los altos cargos, que no podrán llevar una vida ostentosa mientras los ostenten, ni aceptar regalos. ¿Dónde empieza la frontera del soborno cuando se recibe un obsequio? No es lo mismo un Rolex de oro, que es la condecoración que llevan en la muñeca algunos nuevos ricos y bastantes constructores, que un jamón. Yo creo que el límite está en el jamón. Quien te regala un jamón de Guijuelo, de Jabugo o de otra buena estirpe es porque te quiere, no porque quiera algo de ti. Un jamón excelente o excelentísimo, siempre con chorreras, inclina la voluntad, pero sin torcerla.