EN BLANCO
Año nuevo
CAMBIAR de número en el calendario no deja de ser un formalismo que nos ayuda a ubicarnos en el tiempo de nuestra propia vida. Pero la vida es un hilo contínuo que no admite parcelaciones numéricas. Los problemas que existían durante la vísperas de la nochevieja perduran cuando desaparece nuestra resaca protocolar. Juan José Ibarretxe no ha mordificado un ápice sus pretensiones en el tránsito del nuevo año. Los muertos desaparecidos en la catástrofe asiática no se precisarán nunca aunque no se haya parado el recuento durante las celebraciones del año nuevo. La guerra de Irak continúa soterrada, visible para quien la quiera constatar... En España, las elecciones vascas y las reformas abiertas de los estatutos de autonomía que nos convocarán a definir una realidad constitucional modificada con respecto a la que aprobamos en 1978. En realidad, para eso sirven los dígitos del calendario: son la añada de determinadas circunstancias de la vida de las personas y de los pueblos que rememoran sabores de victorias y tragedias. La Constitución de 1978 nos ha permitido vivir en normalidad democrática después de dos siglos de convulsiones. Ese número es mágico para nosotros, como 1936 evoca una tragedia y 1975 el final de un largo túnel. Esas denominaciones de origen que envuelven el envase de nuestras vidas son lo que en realidad da sentido a toda el ritual del transito de los años. Es lo que nos hace formular deseos de felicidad que son imposibles para todos, porque en cada añada hay botellas buenas y botellas malas, y el reparto, por la propia naturaleza de la vida siempre es desigual.