Diario de León

EL BALCÓN DEL PUEBLO

Historias paralelas

Publicado por
J.F. PÉREZ CHENCHO
León

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NO SON HIJOS de un dios menor, sino parias de la tierra. Me ha conmovido la historia paralela, aunque distinta, de dos hombres. Uno, empleado de la construcción; el otro, pastor de ovejas. Los dos ingresaron en prisión en febrero, mes de espadones, bigotes y sobresaltos institucionales, con referente máximo en el 23-F. El poeta y maestro de periodistas, Manuel Alcántara, dedicó ayer su columna, la que se publica diariamente en esta misma página, a Laureano, pastor analfabeto de Arcos de la Frontera. Fue condenado porque su rebaño invadió una finca para comer algarrobos. Le impusieron una multa de mil doscientos euros. Como es pobre de solemnidad, no pudo pagarla y ha ingresado en la cárcel para cumplir la condena de ocho meses. Desde entonces el rebaño está abandonado. En Arcos de la Frontera los pastores no cuentan con el protectorado del mastín leonés. El mastín leonés es como un pastor humano por el que no se cotiza a la Seguridad Social. Todo lo demás lo hace igual o mejor que el ganadero. Pero Laureano es analfbeto y no está puesto en las técnicas de protección. Ni en las humanas, ni en la perrunas. Sólo conoce el sacrificio de sol a sol, llueva o nieve. Laureano está casado con una colombiana y tiene dos hijos. Igual que Juan Guerrro, gaditano acostumbrado al azul del Mediterráneo, afincado en Alicante. Dejó su trabajo de marinero para trabajar en la construcción. Era toxicómano y logró salir de ese mundo de sombras gracias al Proyecto Hombre. Juan Guerrero, treinta y nueve años, casado con una berciana, dos hijos, robó hace catorce años algo más de ochenta mil pesetas en un chalé. También ingresó en prisión en febrero. El fantasma de los efectos olvidados compareció sin sábana y con crueldad en su domicilio para desgarrar fatalmente a la familia. Los juristas dirán aquello de «dura lex, sed lex». Sin embargo, para mi tiene más cuerpo doctrinal el axioma de que una justicia lenta no es justicia. Juan Gerrero logró el milagro de superar su adicción a las drogas. No siempre la finalidad de una pena es obtener la reinserción social. Cuando ya está probada, lo que procede es el indulto. Lo ha solicitado la corporación del municipio en el que vive, y desde este balcón, la pedimos a pleno pulmón. La historia paralela de estos dos condenados clama aún más a las conciencias. Ninguno de los dos son ladrones de cuello blanco. Ninguno conoce el submundo del tres por ciento de comisiones en Cataluña, ni las indemnizaciones multimillonarias rubricadas por Botín a ex directivos, ni las golfadas de Kío, las sombras de la torres Picasso, o los trapicheos urbanísticos del alfoz de Madrid, con Tejadahonda como último petardazo. Son dos parias. Uno quizá bautizaba con el nombre de una collada a cada cordero que ampliaba su rebaño. El otro dejó de viajar por el Mediterráneo al abandonar la droga. Se dio cuenta, como aseguraba el portugués Fernando Pessoa, que la finalidad de un barco no es navegar, sino llegar a puerto. Él había llegado a puerto, con una esposa y dos hijos dándole la bienvenida. Pero está, catorce años después, en la cárcel. Igual que el pastor analfabeto Laureano.

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