Diario de León
Francisco Muro de Íscar
León

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ENTRAMOS en la última semana de la campaña vasca. La muerte de Juan Pablo II ha borrado de la actualidad casi todo lo demás, especialmente lo que afecta al entorno socialista. El Carmelo, por ejemplo, ya debe estar solucionado, porque nadie ha vuelto a decir ni una palabra. La Comisión del 11-M ha sido enterrada sin publicidad. Por el contrario, se está actuando mediáticamente contra el consejero de Sanidad de la Comunidad de Madrid que ha actuado con coherencia en defensa de los ciudadanos. Pero estamos en las horas decisivas de unas elecciones que tendrán consecuencias importantísimas para el futuro de España, para «todos» los españoles. Lo que se juega al norte no es un asunto sólo de los vascos, trasciende hacia todos los territorios. El domingo que viene veremos si las decisiones de Zapatero en el último año y su apuesta de luchar sólo contra los nacionalistas, excluyendo y arrinconando al PP, tiene resultado o nos lleva al primer asalto de un combate peligroso. Las encuestas pronostican lo peor. El presidente del Gobierno ha dicho que se compromete a que en dos años, Euskadi tenga un nuevo estatuto con referéndum. Si ganan los nacionalistas con mayoría absoluta, Zapatero se puede encontrar con un corte de mangas y con un problema de enorme gravedad. ETA no está muerta, sino esperando; el PNV no está dormido, sino activo. No es un juego que pueda ganarse con sonrisas. ¿Había otros caminos antes de llegar a esto? El PP no dejó ninguna salida a los nacionalistas ni fue capaz de dialogar con ellos y el PSOE cree que todo se podrá hablar. Si el Plan López se deshincha como un globo (y lo hará si no hay una posibilidad seria de gobernar o, cuando menos, acercarse a los 25 escaños), puede que el 18 de abril no haya nada de lo que hablar. Si los nacionalistas avanzan por el camino que vienen recorriendo desde hace tiempo, pueden encaminarse al abismo... y hacernos caer en él a todos. La sociedad vasca no está tan dividida como sus políticos, pero sólo es cuestión de tiempo que los enfrentamientos se hagan realidad. Los políticos, unos más que otros, son responsables de lo que pueda pasar. Un tejido social herido, donde unos viven muy bien y no quieren saber nada de sus compañeros que tienen que sobrevivir con escolta, amenazados, es una garantía de problemas. Como dice el historiador Miguel Artola, «algunos se están acercando a la raya que marca la independencia». Y a otros no les importa que ese camino tanga detrás cerca de mil muertos. Cuando esa raya se traspasa, la marcha atrás tiene un coste que nadie debería tener que pagar.

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