Diario de León
Eduardo Aguirre
León

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LEÓN ES UNA CIUDAD abarcable. Del político puedes percibir mejor su lado humano, más allá del arquetipo mediático con el que se disfraza o con el que le disfrazamos. Aquí, las distancias son cortas, y no sólo las espaciales. Conoces personalmente a aquellos sobre quienes escribes, lo que te permite entrever quién hay detrás de la coraza. Para mí, detrás de la mayoría de las de los políticos hay buena gente. Otra cuestión es que lo que llamo la teatralización de la discrepancia convierta todo en una batalla diaria, forzada y absurda, sea desde el poder o desde la oposición, en esta ciudad o en aquella. Declaraciones y contradeclaraciones innecesarias  se suceden,  por no escuchar lo que el otro realmente ha dicho.  La política no es la guerra por otros medios, ni el cometido de Rajoy y Zapatero  consiste en catalizar nuestras energías negativas para que la sociedad no se líe  a garrotazos. Debería ser el arte de la ejemplaridad, que es mucho más que la honradez. Rivales no significa enemigos, aunque algunos pocos lo ponen difícil. La fotografía de Amilivia imponiéndole a Zapatero la insignia de oro de la ciudad es un ejemplo positivo para la ciudadanía; ambos quedaron reforzados, pues no representan planteamientos antagónicos y excluyentes sobre León, sino alternantes y compatibles en la discrepancia crítica.  Si no hay dos españas, tampoco dos leones. No fue una foto más. Cada político es una coraza andante, pero detrás de la mayoría de ellas, hay hombres y mujeres que desean dar lo mejor de sí mismos. Algunos días hasta lo consiguen.

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