Diario de León
Ana Gaitero
León

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LAS aguas de la realidad-actualidad alisan cada semana un poco más este canto rodado. La corriente viene ahora de Francia como un zarpazo que pone en entredicho las cacareadas bondades de la Constitución Europea. Los franceses han dicho «no» al tratado después de un amplio debate social en el que no sólo ha pesado la división del Partido Socialista Francés, en la oposición, sino especialmente la unión de todos los grupos de izquierda y la credibilidad y prestigio que tiene en el país galo el Movimiento Antiglobalización. El «no» de Francia se ha convertido en una pieza de dominó que amenaza con ir cayendo sobre las sucesivas consultas pendientes -ya lo ha hecho en Holanda- con un rechazo tras otro del Tratado constitucional. El «no» de Francia ha sido un «sí» a otra forma de ver Europa muy distinta a cómo vieron a los 25 los diseñadores políticos y técnicos del tratado en Bruselas. No es un paso atrás, ni la vuelta a Niza. No tiene por qué serlo, porque la ciudadanía mira hacia adelante y está diciendo a sus políticos que hay que construir Europa de otra manera. Cuando el presidente del Parlamento Europeo, José Borrell, dice que el mensaje que ha percibido la ciudadanía sobre la nueva Eruopa es de miedo y no de esperanza tiene toda la razón. Se tiene miedo a una Europa que cree más en el poder empresarial que en las personas y en la que se liquida la historia de la conquista del Estado del Bienestar. Las luces llegaron de nuevo de Francia.

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