Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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REPORTEANDO por esos mundos de Dios te das cuenta de que como fuera de casa, en ningún sitio. Y así te plantas en Moscú, dispuesto a paladear el espíritu de una ciudad cubierta de poéticas metáforas, deslumbrantes detalles arquitectónicos y verdes joyas botánicas. Un gigantesco núcleo urbano que entremezcla ejercicios de refinado virtuosismo procedentes de la época de los zares, con contundentes construcciones erigidas por aquellos revolucionarios que alcanzaron el poder aupados por la inclemente furia de los desheredados. El derrumbe del templo de valores comunista ha forjado una sociedad que vive una especie de sarpullido adolescente, atrapada entre las certezas burocráticas del pasado y un horizonte de apertura en el que la mejor defensa será el comercio. Si a todo ello sumamos los tremendos atentados de los independentistas chechenos, resulta inevitable cierta paranoia salpicada de excesos y arbitrariedades. Por hablar en primera persona, y cuando las puertas del Kremlin se abrieron con un «pasen y vean» ante el grupo de turistas españoles, un estúpido escáner puso el pitido en el cielo avisando que algo iba mal. El problema: uno de mis compañeros se había medicado con yodo, reflejando unos índices de radioactividad que hicieron saltar las alarmas. Después de la pertinente bronca al buen hombre se le prohibió entrar al Kremlin, víctima inocente de la íntima conexión entre el malhumor de unos señores de horca y cuchillo y la macedonia de confusiones que genera la doctrina de la seguridad a ultranza. En fin, como dijo el camarada Stalin, cada persona es un problema.

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