EL RINCÓN
El gran combate
DE CADA cinco habitantes de este planeta, que ojalá sea el único habitado, porque si no sería un lío y no se cabría en el Valle de Josafat, tres pasan hambre y uno pasa apetito. El número de los que hacen habitualmente un par de digestiones al día es exiguo, en proporción. En otros tiempos, cuando éramos menos, ocurría lo mismo, pero peor: más hambre, más apetito y más desigualdad. No es un consuelo para contemporáneos. A quien muere de inanición tirado en la acera de una gran ciudad le es indiferente que en otras épocas fallecieran por la misma causa cerca de una muralla. Del mismo modo que a un soldado le da lo mismo morir en Stalingrado que en una escaramuza. «El hambre, coral del hombre», es una afrenta, y hay que seguir soñando con una «panoplia de cucharas y un vapor oceánico de sopa», pero no parece que podamos corregir la situación. No hay mesas, no hay manteles y no hay 0,7 para los países más pobres. Unas 35.000 personas, 50.000 según los organizadores, se manifestaron por las acostumbradas calles de Madrid, con enormes bandas blancas, símbolo de la campaña Pobreza Cero. También en otras ciudades españolas. Se conoce que todavía hay personas que no pueden ser felices presenciando la desgracia, aunque sean menos numerosas las que creen que siempre ha habido ricos y pobres y no hay por qué alterar estas cosas que probablemente son de designio divino. Por eso todas las religiones prometen un más allá lleno de confort: unas con huríes de caderas de noray, otras con grandes restaurantes donde el chef es un ángel y otras con un asiento de preferencia a la diestra de Dios Padre. De momento, lo que solicitaban los manifestantes era combatir con mayor eficacia la pobreza. Algunos corearon consignas contra la ausencia de obispos en la marcha. Hubo uno: el de la Rioja. Al final, grupos de manifestantes brindaron por él. Con vino de su tierra.