AQUÍ Y AHORA
La cara de las víctimas
OCURRE SIEMPRE ante un asesinato múltiple: ¿qué análisis puede hacerse ante la sangre inocente cruelmente, inútilmente, ominosamente derramada? Pero los crímenes del metro de Londres no carecen de móvil, y ese móvil lo es de estricta violencia y de lo que ella se espera, intimidación del adversario. Sin embargo, ¿qué adversario y de qué es el ciudadano que se desplaza al trabajo? Para los terroristas, combatientes de esa guerra asimétrica, desproporcionada, que se libra en un mundo regido por la violencia precisamente, los adversarios se hallaban en Edimburgo, blindados, férreamente seguros, a salvo de la desesperación o del fanatismo kamikaze; pero aquí se comprueba de nuevo, por si hiciera falta, que ni la cordura, ni la racionalidad, ni siquiera cualquier clase de código moral son ingredientes de la guerra, que nunca, en realidad, lo han sido. Las decenas de miles de iraquíes que han muerto desde la invasión de su país, y aún antes, en la primera Guerra del Golfo y durante el largo bloqueo posterior, nada tenían que ver con la satrapía de Sadam Husein, ni portaban el estigma de sus muchos crímenes cometidos, sino que eran jóvenes rebosantes de amor a la vida, y ancianos, y mujeres, y niños, que, como los londinenses que se dirigían el jueves al trabajo, eran presa fácil porque iban desarmados, y nadie les blindaba, ni les aseguraba, ni les ponía a salvo de la locura que han ido sembrando, como sal sobre los campos, los poderosos del mundo. Las víctimas siempre reciben en su cara las bofetadas terribles que otros se propinan sin tocarse.