EN EL FILO
De Gerry Adams a Bin Laden
LA BEATIFICACIÓN de Gerry Adams se ha consumado y más todavía en gran parte del mundo mediático español que siempre le ha agasajado como si fuera el gran pacificador. Es una exótica prima para un partido -el «Sinn Fein»- que ha sido el brazo político de la banda terrorista IRA. Adams es un terrorista metido a político, aunque siempre se le hayan visto los colmillos, como ocurre con los carnívoros que pretenden pasar por vegetarianos. Es tan hondo nuestro deseo de que haya paz en el País Vasco que cualquier símil exterior nos induce a una forma siempre truncada de esperanza. En esta ocasión, aplaudimos el anuncio de asunción de modos democráticos y no violentos por parte del IRA como si no fueran esos los modos de la mayoría de quienes cayeron asesinados por sus pistoleros: el propio Adams empuñó la pistola. Es el síndrome de Estocolmo. Sea Herri Batasuna o el Partido Comunista de las Tierras Vascas, proponerse solucionar los conflictos con la urna en una mano y la metralleta en la otra es todo lo contrario de lo que significar ser libre entre gentes libres. Lo cierto es que los acuerdos del Viernes Santo y el reparto del poder autonómico en el Ulster han beneficiado políticamente al «Sinn Fein»: no en vano es ahora mismo el partido nacionalista con más apoyo electoral, habiendo logrado el hundimiento del SDLP -nacionalista moderado- de John Hume, el descalabro de los unionistas más centrados y el auge del unionismo radical que encabeza el reverendo Ian Paisley. Los unionistas continúan queriendo que Irlanda del Norte sea parte del Reino Unido y los nacionalistas pretenden la reunificación de la isla. La demografía va favoreciendo a la comunidad católica para el caso de un futuro referéndum pero los estados de opinión pueden ir cambiando y las formas de cooperación norte-sur quizás logren un «status quo» que el terrorismo nunca pudo imponer. Sea bienvenida la paz pero en Irlanda del Norte cabe la sospecha de que el «Sinn Fein» salió absurdamente ventajoso precisamente por el afán de todos -menos ellos- de lograr la mejor convivencia posible. Para Londres esa es una buena noticia. Ahora la guerra está en otro frente: resulta que un seis por ciento de los musulmanes británicos -es decir, unas cien mil personas- consideran que el atentado terrorista del 7 de julio en Londres está justificado. Donde antes atacaba el IRA, ahora mata el terrorismo islamista. Mientras tanto, Bin Laden sigue siendo el anciano de la cueva, el símbolo de una impugnación radical de Occidente. Según Ahmed Rashid, Pakistán sigue siendo el centro global del terrorismo y de Al-Qaeda. No pocos lectores recordarán los libros de Ahmed Rashid sobre la «jihad» y los talibanes, muy vendidos en España con posterioridad al 11-S. En su mayor parte, los autores del atentado de Londres tienen ciudadanía británica pero todos pasaron temporadas en las «madrasas» del Pakistán. Para Ahmed Rashid es probable que Bin Laden esté en Pakistán, moviéndose por toda la zona por huir de los servicios de inteligencia norteamericanos, en el intento de hurtar el cuerpo a un espionaje por satélite que puede identificar un libro sobre una mesa. Se sospecha que el ejército pakistaní no está esforzándose excesivamente en buscarle porque, de capturar a Bin Laden, la ayuda norteamericana cesaría. Ese es un dato poco favorable a los apóstoles de una alianza de civilizaciones. Por su parte, los norteamericanos han detectado comunicaciones entre Bin Laden y su lugarteniente, Musab Al-Zarqawi. Bin Laden pretende intensificar los ataques de Al- Quaida contra Estados Unidos. Siendo el terrorismo el método en común, los objetivos del IRA y de Al-Qaeda ahí difieren. Gerry Adams puso la pistola en el pecho del Reino Unido -y apretó no pocas veces el gatillo- para solventar por el terror el irresoluble irredentismo irlandés; Bin Laden ni siquiera enuncia reivindicaciones, no tiene objetivos concretos, salvo la aniquilación de Occidente. Comparte n, eso sí, las insondables energías del odio.