Diario de León
Publicado por
ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
León

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LA POLÍTICA contra ETA que nació del Pacto Antiterrorista tenía dos fines primordiales: de un lado, que ETA abandonara toda esperanza de alcanzar sus delirantes objetivos: de otro, que Batasuna no pudiera seguir actuando dentro de la ley mientras no rompiese con ETA de un modo público, definitivo y terminante. Al servicio del primero de esos fines el PSOE y el PP acordaron que ninguno de los dos negociaría con ETA si entraba en el Gobierno; al servicio del segundo, ambos partidos impulsaron la ilegalización de Batasuna y la de todos sus satélites. Esa política, que por primera vez en treinta años colocó a ETA al borde de la desaparición, fue posible como consecuencia de la renuncia expresa de las dos grandes fuerzas estatales -las únicas, de hecho, que pueden gobernar- a hacer del terrorismo un arma de lucha partidista: una renuncia que no constituía, como a veces se ha afirmado erróneamente, la finalidad del pacto contra ETA, sino sólo un instrumento indispensable para hacerlo realidad. El éxito de la política descrita fue tan rotundo y tan incuestionable que nada hacía prever que la alternancia en el poder iba a traducirse en un cambio progresivo de estrategia, cambio cuyos resultados son, por el momento, los que pueden observarse a simple vista: frente a la expectativa de que el Gobierno no negociaría con ETA en ningún caso, un acuerdo solemne del Congreso estableciendo las condiciones para tal negociación; frente a la política de prohibición del mundo batasuno, la ya manifiesta decisión de la presidencia del Gobierno de no instar la ilegalización de su última careta -ese fantasmal Partido Comunista de las Tierras Vascas- pese a la apabullante acumulación de indicios en su contra. Este, y no otro, es el contexto en el que Batasuna ha decidido echar un pulso al Estado de derecho, convocando una manifestación cuyos fines son como el reverso de los que aquél consiguió mediante el pacto contra ETA: reclamar la negociación con los pistoleros como único modo de acabar con su violencia criminal; e imponer por la vía de los hechos la legalización de quienes fueron ilegalizados por la estricta vía del derecho. Nadie debería, por eso, de engañarse sobre los riesgos que corremos si el entramado criminal de ETA-Batasuna consiguiera ganarnos esta mano. Y es que esa victoria les ayudaría a recuperar el optimismo, para ellos decisivo, en las posibilidades de triunfo de su causa. El renacimiento, con una virulencia inusitada, de la kale borroka es la mejor prueba de que ese optimismo podría renacer. Y ese optimismo, es bien sabido, constituye la única munición de ETA contra la que no tenemos protección.

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