Diario de León
Publicado por
MANUEL ALCÁNTARA
León

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HUMANOS Y CHIMPANCÉS compartimos el noventa y seis por ciento de nuestra secuencia genética, pero algo debe de ser determinante en esa mínima diferencia aritmética, ya que han sido los hombres y no los monos los que la han descubierto. Los estrechos lazos familiares estaban claros desde Darwin, al que por poco apalean sus congéneres por descubrirlos y cometer la tremenda osadía de contarlo en público. El gran Pío Baroja, que profesaba un evidente pesimismo antropológico definió al hombre, y por supuesto a la mujer, como alguien «un milímetro por encima del mono, cuando no un centímetro por debajo del cerdo». Ahora, el consorcio científico de seis países, entre los España aparece como participante, ha revelado ambos mapas del ADN. Realmente son casi idénticos los de las dos especies si se les compara, pero la verdad es que no tienen ni punto de comparación. Otra cosa es pensar quién do los dos es el que finalmente sale perdiendo en la comparación, que, como todas, resulta odiosa. Hay más simios felices que personas felices. El ser humano, que es el único capaz de someterse a sí mismo a un interrogatorio, es «un animal inconsolable», además de ser capaz de fabricar herramientas. El llamado rey de la creación no ha aceptado nunca la idea de su finitud y por eso es el único que se muere, ya que sabe que tiene que morir. No les consta eso a nuestros ágiles parientes y por lo tanto no se mueren. Tampoco se ha dado entre ellos, que se sepa, alguien como Sócrates, como Platón, como Jesús de Nazaret o como Miguel Ángel, Beethoven o, en fin, la Madre Teresa de Calcuta. Ni siquiera como ese admirable vecino insignificante que tenemos todos los que trabajan mucho para que sus hijos puedan estudiar. Los sabios dicen que nos separamos de los chimpancés hace seis millones de años, semana más o menos. El descubrimiento de la similitud del ADN nos obliga a reconocer que venimos de ahí. Para qué vamos a andarnos por las ramas.

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