EN BLANCO
Caldiño
AHORA SÍ VA EN SERIO: don Manuel Fraga Iribarne, el árbitro de los destinos gallegos durante los últimos años, va a pasar el testigo a un sucesor aún por determinar, del que se espera no dilapide de mala manera la herencia política de un hombre que, por unas u otras razones, ha traspasado de largo la raya de la normalidad. Porque Fraga es mucho Fraga, única cuestión en la que existe un consenso absoluto a la hora de evaluar la trayectoria pública de este personaje tenido por un patriarca curtido y benévolo que además se alimenta con carne de león. La rabia cívica del voto fue la que precipitó la jubilación del señor Fraga, dispuesto a sacrificarse en el altar del deber hasta el momento de ese último aliento al que todos estamos avocados. Y vaya si se resistió a dejar las riendas de la Xunta en manos de sus adversarios socialistas, protagonizando una campaña electoral en la que parecía llevado por las pilas de Duracel. Echando mano del botafumeiro en beneficio propio, fue recordando a los votantes, pueblo a pueblo, la época en que los gallegos comían «caldiño y leche con castañas», años felizmente superados a base de la heroica gestión de un líder, él mismo, capaz de almacenar en su despejada cabeza toda la maquinaria del Estado. Sus detractores, que siempre han sido muchos, le reprochaban su cazurrería como de campo y un síndrome de macho irritable que no ha desaparecido con el paso de los años. El Partido Popular, en fin, busca un sucesor que pase la prueba del algodón y se enfrente a la casi imposible misión de hacer olvidar en Galicia al señor Fraga Iribarne. Una tarea que se me antoja propia de Hércules. 1397124194