A CAMPANA TAÑIDA
El contubernio
NO SERÍA judeo-masónico porque no había judíos, pero contubernio sí que fue. Ayer se votó admitir a trámite el Estatuto catalán. Todo venía decidido de antemano, pero lo más grave fue que en las largas horas que duró la representación --no se le puede llamar debate- no se oyó ni una sola argumentación sobre por qué ese engendro era constitucional. Y no se argumentó porque no se podía: desde la misma declaración de Cataluña como nación -en contra de la unidad e indivisibilidad de la nación española, como dice la Constitución hoy vigente- hasta la necesidad del permiso de Cataluña para aceptar acuerdos internacionales, o la administración en exclusiva de los impuestos que recaude. Si esto es constitucional, la tierra es plana. Lo de ayer fue un fraude parlamentario, vestido de un cínico empleo de las palabras. Como si alguien pretendiese que, aunque el robo está castigado en el Código Penal, se despenalice «la desposesión con fuerza de un bien ajeno por otra persona sin derecho a él». Fuera de los ataques al PP y de proclamar la nación catalana, no se oyó otra cosa. Ayer la Constitución fue escarnecida, eso cuando menos. De lo que al final salga de la tramitación ya hablaremos. Zapatero quedó desarbolado desde antes de la intervención de Rajoy. Su discurso parecía un buñuelo de viento: azucarada envoltura y nada dentro. Fuera de bolos, habló hasta de las becas y, por si fuera poco, citó decenas de veces la palabra España, pero sin explicar nunca lo que significaba para él. No es extraño, cuando hace unos días dijo que para él «la patria era la libertad», concepto cercano al idealismo anarquista del siglo XIX, aunque él seguramente no lo sabe. No se le vieron principios, ni claros ni oscuros. Ni metas, sólo tópicos ingenuos. Carece de fuste para hombre de Estado. Un botón de muestra: «no se puede castigar fiscalmente a quien más paga» (Cataluña) ¿Sabía lo que estaba diciendo? Pues a partir de ahora las grandes fortunas del país exigirán que les apliquen impuestos decrecientes: a más ganancias, menos impuestos. Seguro que ni se paró a pensarlo. Lo que sí parece claro es que él ha renunciado a la lealtad constitucional, que prometió al jurar el cargo. Quizá desee volver a la de 1931, si bien parece ignorar que esta Constitución tenía un modelo unitario de Estado y por eso admitía estatutos de mucho menor alcance que el actual de Cataluña. También demostró su obsesión de aislar a casi diez millones de españoles que no le han votado con tal de mantenerse en el poder. Con un presidente rendido, el nacionalismo, está haciendo su agosto. Lo quieren, pero sólo mientras les sea útil, luego... Cuando terminó, las caras de su propio grupo no eran de pascuas. Aplaudieron por obligación, con las cosas de comer no se juega. Rajoy, parlamentariamente, barrió a Zapatero, que no pudo contestarle ni mucho menos rebatirle. Tuvo que salir Rubalcaba a hablar del 11-M, de la guerra civil y de Franco -¡qué obsesión la suya!- sin venir a cuento, pero eran capotazos a ver si se desviaba la atención hacia otras cosas. Rodríguez Zapatero ha decepcionado a España, eso ya no pueden ocultarlo ni sus incondicionales turiferarios: la opinión pública se ha dado cuenta.