FRONTERIZOS
Fumando espero
DOS ADVERTENCIAS previas. Primera: soy fumador y pertenezco consciente y libremente a ese tercio de la población al que, aunque conocedora de los riesgos del tabaco, le sigue gustando fumar. Segunda: entiendo que esta práctica tan gozosa para mi sea molesta para otros y siempre he intentado, por tanto, practicar mi vicio dentro de las normas de un comportamiento educado. Lo que antes se llamaba urbanidad: «Cortesanía, comedimiento, atención y buen modo», según el DRAE. Tengo bastante claro que si todos los fumadores respetaran este comportamiento, probablemente no sería necesaria una Ley como la que entrará en vigor a partir del 1 de enero pero no soy tan ingenuo como para pensar que el ser humano es capaz de autorregularse sin la amenaza de sanción: menuda ruina para los abogados. Dicho esto, nada tengo en contra de que el Estado, al que le hemos cedido la capacidad de velar por nuestra salud, regule el uso del tabaco y lo destierre de centros de trabajo, lugares de ocio, etc. Y esto no es óbice para que subraye su hipocresía al continuar no sólo permitiendo su venta sino lucrándose, vía impositiva, de su comercio, impidiendo y persiguiendo con escaso éxito al mismo tiempo el de otro tipo de sustancias cuya ilegalidad multiplica artificialmente el precio, enriquece a las mafias internacionales y potencia la marginalidad de sus consumidores. Por cierto, el año próximo se celebra no sé qué centenario de Cristóbal Colón: una buena ocasión para reprocharle al enigmático descubridor la introducción en Europa de esta planta, que de ser condenada por la Inquisición ha pasado a ser desterrada por el Estado