CON VIENTO FRESCO
La religión en la escuela
EL MIÉRCOLES de la pasada semana hubo un paro en la Enseñanza Media convocado por el sindicato de Estudiantes en defensa de la enseñanza pública, aunque en realidad era una medida de presión contra la enseñanza de la religión en la escuela. El paro era, a la vez, la coartada del gobierno para presentarse ante la opinión pública como defensor de una centralidad ajena a extremismos de uno y otro signo. Respecto a la religión, la historia contemporánea de España ha visto momentos de exacerbación anticlerical frente a etapas de exaltación religiosa. También ha habido largas temporadas de convivencia; una de ellas estas últimas cuatro décadas. Ahora algunos, los menos pero muy ruidosos, parecen interesados en romper esa convivencia. Uno de los campos de batalla es la escuela, de la que se pretende echar fuera a la religión como asignatura, algo que, a excepción de Francia, es insólito en el resto de los países de la Unión Europea. Muchos de esos países, en los que la religión es obligatoria, son protestantes u ortodoxos; no puede hablarse, por tanto, de que tal presencia es una imposición de la Iglesia Católica. ¿Por qué esos países mantienen y protegen la religión en la escuela? Seguramente hay muchas razones, entre ellas la propia historia de Europa y el que forma parte de su cultura e idiosincrasia, y que, como sistemas democráticos, lo demandan los padres; pero se me ocurren algunas otras. La primera tiene que ver con el papel que la religión juega en el desarrollo de la personalidad de los individuos, como puso de manifiesto el discípulo de Freud, Victor Frankl, para quien la religión da sentido a la existencia y eso contribuye a conformar una personalidad sana y bien adaptada. La religión, dice E. Trías, no es sino un intento de explicar qué hacemos en este mundo; la historia de ese intento es el humus de nuestra cultura y, por tanto, que los jóvenes lean y se deleiten con lo que han escrito, además de los filósofos, pensadores como san Agustín, san Bernardo, san Juan de la Cruz, santa Teresa, fray Luis de Granada, y tantos otros es algo que no deberíamos privarles en su proceso formativo. La religión es un factor fundamental en la socialización de los individuos, pues proporciona valores que modelan y moderan la conducta humana; hace buenos ciudadanos. Tras los sucesos revolucionarios de finales del siglo XVIII, Napoleón lo entendió muy bien en su enfrentamiento con Destutt de Tracy, en relación con el concepto de ideología, dijo: más vale un cura que diez soldados. El positivismo, con Comte a la cabeza, quiso relegar como anticuada la religión y sustituirla por una física social, una religión laica, pues sin ella el hombre vive en la más absoluta anarquía. Esa física social o sociología sería una ciencia con la que, a través del conocimiento, se encauzaría la acción social: saber para prever. No parece que esto dado muy buenos resultados a tenor de la sangrienta historia del siglo XX. Arrojamos la religión al basurero de la historia, la echamos de las clases y luego los profesores nos quejamos de la falta de valores, la indisciplina que es una de las causas del fracaso escolar; o la sociedad deplora la anomia que llena las cárceles de gente inadaptada. Si la religión es un factor fundamental en la socialización de los jóvenes no entiendo que no se imparta en la escuela. Hoy la escuela es el principal lugar de socialización. Ni las familias, muchas veces estresadas por el trabajo de ambos conyuges o desestructuradas, ni otras instituciones son capaces de esa socialización. Por desgracia, hoy lo hace casi exclusivamente la escuela. Sería paradójico que siendo esto así dejáramos a la religión fuera. ¿No decimos que la escuela debe, además de enseñar, formar? Exacto, debe formar en valores, y entre ellos los que proporcionan las religiones. Quizá lo que algunos pretenden es que esos valores sean exclusivamente, como Comte en el XIX, láicos, por ejemplo los de la proyectada Educación Cívica; no lo voy a discutir pues creo que no son incompatibles con aquellos otros.