LA VELETA
Debate abierto
PRECISAMENTE, lo que se trató de evitar, y se evitó, durante el primer tiempo de negociación del Estatuto catalán, se está produciendo ahora mismo con la mayor intensidad y con los peores augurios. Se trató de evitar, y se evitó, que en el debate entre los partidos directamente impulsores de la reforma, es decir, el cuatripartito catalán, y el gobierno de la Nación, intervinieran otras fuerzas que pudieran tener influencias negativas. Y esas fuerzas eran, esencialmente, de dos tipos: de un lado, el PP, que ya había dado a entender con toda claridad que combatiría con todas las potencialidades que estuvieron a su alcance el contenido de un estatuto que creía incompatible con la Constitución vigente. Y la otra fuerza temible eran los medios de comunicación. Había coincidencia en advertir que en el momento en que las enmiendas llegaran a los medios informativos, el debate quedaría abierto a toda la sociedad, y superaría los límites de los negociadores de manera inconveniente para éstos. Y así está sucediendo en estos días, cuando el PP, que había permanecido prudentemente callado ante las noticias de que se avanzaba en la mesa de negociación ha vuelto por sus fueros con ataques frontales a los negociadores, y cuando los medios son altavoces de lo que cada parte de la negociación opina, considera o sugiere y defiende. Estamos en ese delicadísimo punto en que la ruptura está al borde de producirse y de anunciarse, una vez que ha trascendido lo que piensan Solbes y Carod sobre la fórmula de financiación de Cataluña y una vez que los dos «aludidos» debaten en los medios sobre sus correspondientes razones. «Si el modelo de financiación es el de Solbes, entonces no hay Estatuto», ha proclamado Carod. Y Solbes ya ha asegurado que el Estado no puede resultar más generoso en su planteamiento. Y lo que es peor. Cada uno de los dos ya es prisionero de sus palabras y no tiene más remedio que defenderlas hasta el final, porque así han trascendido a los medios. Solbes se ve con apoyo del gobierno, de su partido e incluso del PP; lo que encona todavía más a los nacionalistas catalanes. Y en cuanto a Carod queda en una situación de «héroe nacionalista» víctima del centralismo de Solbes, y a quien los otros nacionalistas, los de CiU, no pueden dejar solo. Si acaso, quedará postergado por una exigencia más radical de Artur Mas. Sólo una intervención «de lo alto», cabe suponer que de Zapatero y Maragall, pudiera tal vez frenar lo que ahora mismo ya parece inevitable: la espiral dialéctica que conduce sin remedio al descalabro de la reforma del Estatuto.