AQUÍ Y AHORA
Por decreto
LA PREGUNTA que deberíamos hacernos después de haber pasado el día 2 de enero es la siguiente: ¿seguiremos dentro de dos meses hablando de la recién estrenada Ley del Tabaco? Naturalmente las posibles respuestas son, como casi siempre, dos, aquellas que nuestras abuelas nos decían: «sí o no como Cristo nos enseña». Y aunque no sé muy bien cuando Jesús nos enseñó a no matizar, en materia tan sensible como la de los humos, no es fácil aventurar qué puede pasar. La experiencia nos dice que las aguas, todas las aguas, vuelven siempre a su cauce y que lo mismo que cuando Iberia decidió prohibir fumar en todos sus vuelos no hubo cancelaciones masivas, lo que ahora es una ley que impone se convertirá más pronto que tarde en una costumbre que aceptaremos casi sin darnos cuenta. Habrá casos, claro, pero por norma general posiblemente la cosa no vaya a mayores. ¿Y si va? Pues entonces la hoy famosa Ley entrará a formar parte de las ilustres iniciativas que pese a estar en vigor duermen el sueño de los justos. Uno, que es fumador, cree por un lado que las cosas podían haberse hecho mejor para que el ciudadano adicto no se sintiera víctima y tuviera la posibilidad de redimirse con un poco de calma. Pero es que no sólo se podía haber hecho mejor, es que se debería haber hecho mejor precisamente para no caer en lo que antes se comentaba: que la Ley, de aquí a unos meses, sea una catacumba que salga a la luz de vez en cuando por una multa millonaria. Cuando el incumplimiento de una Ley se convierte en noticia, es que la Ley es manifiestamente mejorable.