SOMOS LEGIÓN
Un eón en la plaza
DE CÓMO el botellón puede conducir al conocimiento de la filosofía gnóstica es prueba irrefutable el robo, en la gélida madrugada del domingo, de la «L» de León en la Plaza de Regla. El machote beodo, en su estulticia alcohólica, no es consciente de la que ha liado -salvo que sea un seguidor del demiurgo Simón el Mago- al arrancar la consonante y dejar mirando hacia la fachada de la Catedral nada menos que a un «eón». Del topónimo clarificador de despistados se ha pasado, con regüeldo incluido, a inquietante clave herética. Así nacen las leyendas. En otra noche fría, claro, a Genarín se lo llevó por delante la Bonifacia en plena micción y ahí tienen una cofradía con papones, jaculatorias, peana y orujo. Ahora, otro borrachín, con poca historia y menos literatura, ha dejado brillando en la plaza una partícula de divinidad, un eón , en lo que sólo era broncínea materia leonina. No es cierto, pues, que el calimocho sea intrínsecamente demoníaco sino que, como se ha constatado empíricamente, su ingestión favorece el aterrizaje de esas emanaciones del ser supremo, esas partecitas de la divinidad que servían a los gnósticos para entender el mundo a su manera ante el cabreo supino del clero que veía mucho peligro en esa doctrina filosófica pues se vislumbraba en ella el renacimiento de un inquietante espíritu pagano capaz de seducir a los espíritus débiles y poco avisados. Hoy día, por lo que se ve, esa antigua doctrina de fusión, que en su día dio mucho juego, está subsumida en la filosofía de la majadería: el gnóstico de la «L» es feliz; no atiende a prescripciones ni a normas; ha conseguido ya el pleno conocimiento. ¡Ele mi niño!