Diario de León
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JULIO DE PRADO REYERO
León

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NUESTRA CULTURA europea tradicionalmente cristiana desde hace unos dos mil años y con anterioridad fuertemente arraigada en el pensamiento de Grecia y básicamente regulada por el Derecho Romano, no puede hoy ignorar esta rica herencia ni mucho menos minusvalorarla, dilapidarla y lo que aún es peor dedicarse a destruirla. Llegado, por ejemplo, este mes de febrero, observamos que el santoral cristiano está tan metido en el alma del pueblo culto o llano que desde cualquier aldea gallega o berciana con su sabiduría cósmica se nos recuerda que «si la Candelaria plora, el invierno está fora¿»; que cigüeñas y San Blas tienen algo en común; que convertirse las águedas en regidoras o alcaldesas, aunque sólo sea por un día, tiene mucho que ver con las viejas aspiraciones de la plena emancipación de la mujer; que el ama de casa al comprobar el aumento de la puesta de las aves de su corral, es porque «por santa Eulalia, pone la polla buena y la mala». El Arcipreste de Hita había escuchado éstas y otras muchas cosas más en muchos kilómetros a la redonda, lo mismo que lo sentenciaba Don Quijote de la Mancha con su proverbial sabiduría y lo soltaba Sancho Panza como una perogrullada más. A la vista de todo esto, nada de extraño tiene que ya en la Edad Media existiese en Europa la costumbre de cruzarse tal día como hoy entre novios y novias felicitaciones y parabienes porque en un 14 de febrero del 270 moría martirizado en la Vía Fluminia de Roma el sacerdote Valentín, reuniéndose cada año para hacer fiesta los devotos y beneficiarias de la caridad del santo, y al tratarse al mismo tiempo de la época del emparejamiento de las aves de cara a la nidificación, pronto se fusionó con esta efemérides cristiana una antigua fiesta pagana del comienzo de la primavera, como se había hecho con otras muchas celebraciones, poniéndose de relieve el amor sobresaliente de este sacerdote, que inclusive había impactado a su mismo verdugo por haber sanado a una hija suya. San Valentín, al fin y al cabo, no hizo más que cumplir con su deber; puesto que el Emperador Constancio, aunque pagano, había tenido una educación y principios cristianos, decretando que primordialmente «los sacerdotes debían promover el amor a Dios y al prójimo». Hoy san Valentín es un santo que no tiene hornacina ni en las grandes iglesias ni en las pequeñas ermitas, y ni siquiera en el rigual figura una bendición para impartir sobre los «valentones» y «valentinas», como ocurre con otros santos del estilo de San Antón o San Isidro Labrador. Las hornacinas de San Valentín están en los escaparates o en las estanterías de los grandes almacenes o galerías comerciales; pero su ejemplo y patronazgo sigue siendo válido y necesario porque en materia de amor, a pesar de ser éste la «esencia del cristianismo», hay tanto despiste que ya a principios del siglo XIX el novelista francés Sthendal en su famosa obra De l'amour se vio obligado a escribir: «el milagro de la civilización es el amor. Entre los pueblos salvajes y demasiado bárbaros no se halla otro amor que el puramente físico o grosero»; por lo que posteriormente el novelista ruso F. Dotooizwsky apostillaba que muchas veces «enamorarse no es amor. Puede uno enamorarse y odiar». Todo esto ha forzado que hoy un papa bávaro, nacido, criado y educado en el corazón y entraña de Europa, se haya visto obligado a iniciar su pontificado ofreciéndonos una lección verdaderamente magistral sobre este tema en su reciente encíclica «Deus Chárita est» (Dios es amor), en la que comienza advirtiendo que «el término amor se ha convertido hoy en una de las palabras más usadas y también de las que más abusa, a la que damos acepciones totalmente diferentes». Se está llegando a reduccionismos tales, que hay quien únicamente la utiliza para denominar el sexo o una simple limosna, cuando en realidad en el amor es necesario integrar lo somático, lo psíquico, lo ético y lo espiritual. Después de resaltar todos estos campos pasa a poner de relieve que «sin embargo en toda esta multitud de significados, destaca como arquetipo por excelencia, el amor entre el hombre y la mujer». Recuerda también Benedicto XIV que para los griegos el «eros» era una especie de «arrebato o locura divina, que prevalece sobre la razón», lo que hizo exclamar a Goethe: «¡espectáculo digno de los dioses la vista de los dos enamorados!». El Papa reconoce que es en el Nuevo Testamento donde prevalece la palabra «ágape» para designar el amor cristiano «en oposición al amor indeterminado y aún en búsqueda¿, que ahora ha llegado a ser verdaderamente descubrimiento del otro, superando el carácter egoísta, que predomina claramente en la fase anterior. Ahora el amor es ocuparse del otro y preocuparse del otro, de suerte que como muy bien concluye Víctor Hugo «Dios no podría añadir otra cosa a los amantes que la eternidad de su amor». Lo único desde la razón que resta después de la falta de amor es certificar su acta de defunción como lo atestigua Ortega y Gasset: «El amor muere porque su nacimiento fue una equivocación». El Papa Ratzinger saca una moraleja para acudir al Santo Patrono de los enamorados, ya que en todos los ambientes y culturas siempre es necesario «aquel amor con que uno no se busca a si mismo, sino que sencillamente quiere el bien». Y las mismas razones que aduce para animarnos a que acudamos a santa María para que se nos conceda un verdadero amor son válidas para acudir a san Valentín porque «la devoción de los fieles muestra al mismo tiempo la intuición infalible de cómo es posible este amor».

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