Los jóvenes se van
Ahora pido un poco de silencio. Déjenme pasar, voy a hablar con la tristeza. Quiero preguntarle por qué vino, ¿quién la llamó? Aquí, estábamos todos felices, gozábamos de un áspero domingo de septiembre. Esa fecha, sólo unos pocos pudimos verle apareciendo entre la lluvia, huyendo del aliento húmedo de Asturias, entre luces y chubasqueros, pisando pedales por las carreteras que suben por el verde para saltar a León. Allí le vimos delgado, mojado, de azul, con una venda en la rodilla, profesional, concentrado, perfecto, escalador. Ese día, desaparecieron los rusos que ahora han vuelto. Ese día España giró la vista hacia su gran vuelta por etapas y renació el ciclista que cada español quiso ser. Y Armstrong se quedó pensativo, y Mercks prestó atención, porque entre Asturias y León habitó el ciclismo que el Tour tanto añora. Fue entonces, cuando Santos González, en terrible presagio de lo que vendría después, enmudecía al público gritando para llegar a meta, para que se acabaran de una vez las cuestas, gritando como nunca grita un futbolista, sufriendo como un gigante del baloncesto americano nunca sufre. Sólo unos pocos estábamos allí¿ Ese mismo día, después de la cena, cuando sólo yo los vi, los directores de corbata se felicitaban a la salida del Hostal San Marcos, porque todo brillaba, porque todo relucía como el oro, como una bicicleta de oro; y sobre todo, porque si algo salía mal, ellos nunca tendrían que pagar por nada. Y llegó el éxito final, y nada parecía más importante. Pero como en una pesadilla, sin avi sar, y sin demora, llegó la tristeza. Rode ada de perros enfermos, a hombros de los injustos, durmiendo en la basuras, con ojos huecos y alas de murciélago. Vino, como siempre, para robar al que cometió el error más humilde, para dejar escapar entre sus dedos de tridente al rey de los bandidos. Primero puso un pie y dolió como un bombardeo, luego puso el otro y se quedó a vivir para siempre en el corazón de los bejaranos, cuando ya nada importaba¿ En el más intrincado de los laberintos, donde nunca llegue la luz, te quiero ver yo, tristeza, lejos de las carreteras del mundo y de sus rodadores. Con el permiso de Roberto, yo te digo: «doping, nunca te parecerás al ciclismo.» Rodrigo Cuesta García (Navatejera).