Diario de León
Publicado por
JAVIER TOMÉ
León

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PARA LOS QUE NUNCA hemos tenido querencias místico-religiosas, limitadas a cuestiones tan menores como la expresada por el genial Woody Allen sobre el precio que cobraría por hacer un armario San José, el padre de Jesucristo, resulta gratificante tener las respectivas divinidades al alcance de la mano. Así no esperamos al más allá y al definitivo Juicio Final, que tiene nombre de operación militar preventiva, pues cualquiera sabe si pillarás al Señor en su mejor momento cuando debas dejar las vergüenzas al aire para el resto de la eternidad. Por ello, insisto, es preferible limitar la veneración a personajes de carne y hueso como bien pudiera ser el increíble Zidane, ese mago de la pelota al que los años comienzan a pasar factura. No ocurre lo mismo, y eso que ya sobrepasaron la frontera de los 60, con los incombustibles Rolling Stones, auténticos demonios del chunda-chunda electrificado. Contra todo pronóstico, el rock-and-roll fue la única revolución que triunfó en el siglo XX, dejando muy atrás las utopías comunistas o la asonada caribeña que llevó a la cumbre del poder a un Fidel Castro que lleva estampada en su gorra la fecha de caducidad. El rock, ese aliento musical calificado por los prebostes del franquismo como «delirio satánico para botarates y otras gentes de mal vivir», sigue fresco y conserva todo su desparpajo, según evidencian los Rolling Stones cada vez que inician la que será, sin duda, su última gira. Este año ha tocado Brasil y hemos visto la escena por televisión: playa de Copacabana, un millón de personas en el concierto, 30 grados de temperatura, copas a granel y mulatas a doquier. Si eso no es el paraíso...

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