Diario de León
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FERNANDO ONEGA
León

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GRACIAS a las opas, gases naturales, endesas y e.ones, todos somos ya expertos en Derecho Mercantil. Gracias al Estatuto de Cataluña, recibimos una lección diaria de las demás ramas del Derecho. Va a resultar verdad que este país tiene tantos abogados como habitantes. Y la mayoría, abogados del Estado¿ sin sueldo. La última teórica que nos imparten versa sobre el valor del preámbulo de una ley y, en el caso del Estatut, estamos en condiciones de aprobar la asignatura: ya sabemos que su preámbulo tiene valor jurídico, pero no normativo. Y nos quedamos tan a gusto. Por esa deducción leguleya, un preámbulo puede decir lo que quiera. Incluso invocar la autodeterminación, porque la inclusión del término carecería de valor normativo. Si no se hace, es porque nuestros políticos -nacionalistas incluídos- todavía no han perdido por completo el sentido del equilibrio. Han preferido dejar ese texto en un depósito de sentimientos, una equiparación de los derechos históricos y la Constitución, y un quiero y no puedo ser nación, porque los textos constitucionales me lo impiden. En cualquier caso, la confrontación está servida. Para este cronista, lo peor es poner en pie de igualdad la Constitución y los derechos históricos como fuente de autogobierno. Esos derechos se deberían referir sólo a los aspectos indiscutibles (idioma, Derecho Civil y cultura), perfectamente delimitados. La falta de concreción del texto se convierte en una peligrosa arma de futuro, pues no conoce límites en las demandas de quien quiera basar en ellos cualquier reclamación territorial, incluída la incorporación a Francia, que de todo hubo en la historia catalana. Más elogios merece la fórmula para incluir la palabra nación. Se ha hecho una filigrana. Se menciona la aspiración de la sociedad. Se narra lo que redactó y aprobó el Parlamento catalán. Se concluye que todo está previsto en la Constitución cuando habla de «nacionalidad». Y se termina por definir a Cataluña exactamente igual que lo hacía el Estatuto de 1.979. Si ha sido idea personal de Zapatero, el presidente es más in teligente de lo que dice Rajoy. ¿S e pudo hacer mejor? Sin duda. No hay nada que no se pueda mejorar ni empeorar; pero es una salida de compromiso, que no deja esa reivindicación pendiente sobre España. Ante las discusiones y broncas que vienen, este cronista sólo puede apuntar estos criterios: si es desprecio a la Constitución invocarla como hace este Estatuto; si es reforma encubierta someterse a su texto; si es desobediencia invocarla como norma superior, es que se ignora la realidad catalana, se desconoce la Constitución misma, se niega la ductilidad para acomodarse a ella, y algo peor: se está actuando con mala f e.

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