CON VIENTO FRESCO
El botellón, un problema macro
LA LLUVIA del fin de semana desaguó el macrobotellón proyectado en más de veinte ciudades españolas, incluidas León y Ponferrada. Convocados, no se sabe bien por quién, por sms, internet y boca a boca, jóvenes entre 15 y 25 años pensaban participar en una extraña competición para ver qué ciudad española era capaz de reunir un mayor número de ellos y celebrar, al margen de leyes y normas, una fiesta de alcohol y música. Unos aprovechaban la fiesta de san Pepe de las facultades de Industriales, otros la simple competición y los más poner en un brete a las autoridades municipales por prohibir estas concentraciones juveniles. El botellón es un problema de orden público, que los jóvenes justifican por los precios que les cobran los pubs por las consumiciones. Sale más barato beber en grupo bebidas compradas en las grandes superficies que en esos antros. Por poco dinero se puede consumir mayor cantidad de alcohol y durante más horas; pueden pasar así toda la noche, porque en su opinión, la noche está para divertirse no para dormir. No importa el sueño de los vecinos ni cómo dejan el barrio tras una noche de juerga. Podría arbitrarse alguna medida, como han hecho varias ciudades, dejádoles un descampado. Pero en general no es así, y los jóvenes molestan a los vecinos con su ruido y dejan todo hecho un asco. Vomitonas, vasos de plástico y botellas campan a sus anchas, porque no hay papeleras ni urinarios preparados para el evento. El botellón es un problema de orden público porque antes fue un problema social mal resuelto. No es más que la expresión de la dificultad en la socialización de la una parte de la juventud; también hay muchos, debe reconocerse, que no necesitan del botellón para divertirse, y si asisten, lo hacen para relacionarse con amigos. Los padres no son capaces de socializar, educar, adecuadamente a sus hijos; el ambiente social no lo favorece. Hay una falta absoluta de valores que hablen de disciplina, responsabilidad, esfuerzo, trabajo, estudio; hay una permisividad total, que hace que muchos hijos ni obedezcan ni respeten a sus padres. Los profesores, a quienes les ha caido casi en exclusiva el problema de esa educación, no tienen medios ni cuentan con el apoyo social para ello. El botellón, en el fondo, es sólo un problema político, pues han sido los poderes públicos, ciertos partidos y muchos seudointelectuales progres, los que con su ideología relativista, nihilista y antirracionalista están propiciando estas conductas anómalas (de anomia, ausencia de normas). Cuando se escucha a jóvenes decir que la libertad les permite hacer con su cuerpo lo que quieran, desde abortar a emborracharse o tomar drogas, no vemos sino la consecuencia de esas ideas, que se nos han vendido como progresistas cuando no son más que supercherías. Luego los majaderos que las propalan se extrañan de esas conductas, que quieren combatir sólo y exclusivamente mediante la represión. Antes que reprimir, prevenir y para esto hay que mantener un discurso político diferente en casa, en la escuela, en la sociedad. Si el botellón era un problema desde hace años, el macrobotellón será un problema mayor. ¿Qué sentido o qué intención lleva a tantos jóvenes a participar en ellos? ¿por qué quieren competir entre sí jóvenes de ciudades diferentes? ¿Es sólo para conseguir un récord o nos están diciendo algo?. El fenómeno, desde una perspectiva sociológica, podría relacionarse con la cizaña que, con los estatutos de autonomía, crean los nacionalistas entre españoles. De estas competiciones folklóricas se puede pasar fácilmente a otras más graves cuando las mueven intereses populistas. Sin embargo, creo que con ellas los jóvenes nos indican que pasan de los mayores, de la política insolidaria que practican, y nos dicen que las diferencias entre jóvenes de España no existen y son creaciones políticas interesadas. Habrá que hablar con ellos y escucharles.