EN BLANCO
El neciómetro
HARTO de ser el chico de las zapatillas equivocadas, y quizá un tanto obnubilado por el brindis al sol de los halagos derivados de esa convención del PP en la que según testigos presenciales hubo menos marcha que en el Vaticano, Rajoy se ha sumado con desparpajo adolescente a la tesis conspirativa de, ¿quién lleva aquí la razón o el gran timo del porrón? Allí donde hay carroña, decían los clásicos, las águilas se amontonan, así que la militancia combativa de la cúpula conservadora, obviando por completo el lenguaje de los hechos, trata de hacer apostolado aprovechando el segundo aniversario del 11-M y, así de paso, toman por tontos al sistema judicial, a la policía y a España entera que sabe lo que pasó en aquella negra jornada. Pero el caso es retorcer un poco los hechos, utilizando la brillante hipótesis intelectual de quizá sí¿ acaso no. El cuento de la buena pipa con que quieren expurgar sus muchas culpas pasa ahora por esa mochila terrorista en la que según su versión faltaban los donuts. O con otras evidencias tan comprometedoras para ETA como que a uno de los fundamentalistas que perpetraron la felonía de Madrid, suicidado posteriormente y ahora pudriéndose en los eternos paraísos de la sinrazón, se intercambiaba las pipas Facundo con un destacado gudari de los comandos amantes del tiro en la nuca. Son puntos de vista que un jurista con la patina erudita del señor Rajoy debería saber no constituyen pruebas ni evidencias razonables para presentar en un juicio que se precie. El neciómetro, aquel gran invento del TBO para medir la sandez individual, está que hecha humo en España.