Diario de León
Publicado por
J.F. PÉREZ CHENCHO
León

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HA ENTRADO en vigor el horario de verano. A las dos de la pasada noche los relojes se adelantaron a las tres. Nos birlaron una hora de sueño. O de ocio. No nos la restituirán hasta finales de octubre. Dicen que la medida, implantada en los veinticinco países de la Unión Europea, contribuirá a un importante ahorro energético. Quizá. Yo lo que sí ahorré fue media docena de cigarrillos. Se nos escapa entre los dedos este marzo ventoso y lluvioso, y ya estamos en el pórtico turbador de la Semana Santa. Las cofradías ultiman sus ensayos y preparativos, como dan cuenta a diario a través de los periódicos. Los pregoneros han cerrado sus «laudatio» y casi huele a cera quemada, a bacalao, a incienso y rezos, mientras suenan los tambores y trompetas. La Semana Santa de León, declarada hace unos años de Interés Turístico Internacional, conmueve a papones y mueve un altísimo valor añadido para la ciudad. Son ocho días de intensidad e impulso. Y no me refiero, por supuesto, a lo accesorio, como el juego de las chapas o que se abra la veda de la pesca de la trucha. Hace muchos años que los ríos de León han dejado de ser el paraíso de Europa. Yo no soy un devoto semanasantero. De hecho, creo que sólo en dos ocasiones he presenciado todo su rito procesional. Y me ha cautivado. Como he celebrado con gran satisfacción que Amancio Prada (Dehesas,1949) haya sido distinguido con el Premio de las Artes de Castilla y León. Él mismo se ha definido como cantor de poetas: de San Juan de la Cruz, de Rosalía de Castro, de Federico García Lorca, de Claudio Rodríguez o de Álvaro Cunqueiro. Ahora intenta encontrar la luminosidad de Antonio Colinas a orillas del Órbigo o entre las grietas de Sepulcro en Tarquimia . O de mantener el éxito con Juan Carlos Mestre, otro poeta de luz. Amancio Prada, que hizo el bachillerato en los Salesianos de Cambados, donde contempló la belleza bajo la quietud de los eucaliptos o paseando bajo las parras de albariño, tampoco abandonó nunca su cercanía con l a mina del carbón. Ya sé, ya, que irrumpió en el panorama musical de la mano del mítico Georges Brassens cuando estudiaba Sociología en París allá por el año 1973. En aquellos años, Amancio también cantaba el «Soy minero», de Antonio Molina, al que confesaba una gran admiración y se quitaba las penas con caña, vino y ron. Incluso se atrevió a interpretarlo una festividad de Santa Bárbara desde el pozo Calderón de la Minero Siderúrgica de Ponferrada, en el programa Protagonistas de Luis del Olmo. Hace unos días me alegró que Joan Manuel Serrat entrara en la nómina de «maestro de maestros» del claustro de la Complutense, invistiéndole como «honoris causa». También es cantautor. Serrat, como Prada, nos han acercado la poesía a través de la música. Son méritos paralelos. Creo que muchos nos felicitamos por el Premio de las Artes de Castilla y León a Amancio Prada. Un galardón que se suma a otros muchos de gran relieve ya recibidos: Bravo de Comunicaciones, la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes, Medalla C astelao o Leonés del Año en 1999. En plena creatividad, aún le quedan muchos más. Enhorabuena.

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